Doce años de bitcoin y el pleito sigue sin veredicto
Un tuit de 2018 sigue circulando como si lo hubieran escrito ayer. Su autor, el catedrático de Economía Juan Torres López, sostiene en él que la del bitcoin es «más grande que cualquier otra burbuja a lo largo de la historia». Enfrente, el doctor en Economía Juan Ramón Rallo, liberal declarado, defendía lo contrario al rebatir a Sala i Martín:
El Bitcoin no es una burbuja. Entre ambas posiciones han pasado ciclos enteros de subida y desplome, y el pleito sigue sin veredicto.
Una burbuja nueva después de las subprime
Otro economista de izquierdas, Juan Francisco Martín Seco, lleva el diagnóstico a otro terreno. En su texto sobre bitcoin, Hayek y la privatización de la moneda avisa de que no han desaparecido aún las secuelas de la burbuja de las hipotecas subprime cuando ya se está formando una nueva burbuja especulativa que, si tarda en explotar, tendrá efectos incluso más nocivos que las anteriores. La tesis se repite con variantes: el bitcoin no sería una moneda, sino un vehículo de especulación dentro de un intento mayor de privatizar el dinero.
El historiador de las finanzas y columnista del
Financial Times Edward Chancellor añade una capa más incómoda al asunto. Las burbujas, escribe, no son una mera expresión de la locura de las masas ni simples manifestaciones de exceso de liquidez y apalancamiento, aunque ambos elementos estén presentes. Las burbujas espectaculares van acompañadas de una premonición sobre el futuro, y el problema es que acaban resultando premoniciones altamente deficientes.
La «superburbuja» que sobrevive a los castigos
En ese marco encaja la idea de superburbuja que se atribuye a George Soros: solo se forma después de haber sobrevivido a una prueba severa, porque eso imbuye a los inversores de un sentido de invencibilidad. El bitcoin, según ese relato, ha capeado unas cuantas. Alcanzó un pico cercano a los
1.000 dólares a finales de 2013, perdió más del
75% de su valor a lo largo de los siguientes
18 meses y después protagonizó su ascenso más épico. También sobrevivió a un buen número de escándalos.
Por qué hay quien lo defiende como valor refugio
El argumento con más peso entre los partidarios no es tecnológico, es monetario. Si los bancos centrales dejaran de imprimir dinero sin parar, el bitcoin lo pasaría mal; como eso no va a ocurrir, seguirá subiendo. La clave, se repite, es que hay un
número máximo de unidades y eso lo convierte en valor refugio. Sobre esa base se apila la promesa de autonomía: no dependes de ningún intermediario, tú eres tu propio banco. Y, en la misma línea, la protección frente al Estado confiscatorio y frente a la inflación.
El eslabón débil no son las monedas, son los exchanges
Aquí el análisis se vuelve más técnico. Una corriente sostiene que un ataque frontal contra las criptomonedas es inútil: basta con que una sola jurisdicción de las cientos que existen permita el intercambio para que el bitcoin mantenga un valor de consenso y sea intercambiable en cualquier lado, con mayor o menor inconveniente. Si la ofensiva no involucra al planeta entero, solo serviría para incentivar el intercambio directo, sin intermediarios, y ese sería, según esa corriente, el escenario que más incomodaría a los bancos centrales.
También hay quien rebaja de antemano la eficacia del decreto.
Por decreto se estipulan cambios oficiales de monedas que nunca funcionan, y por decreto se fijan topes de precios que lo único que generan es escasez. Cuando las cosas se ponen feas de verdad, la orden ministerial no sirve de nada. Y a los Estados, se añade, cada vez les cuesta más sostener su autoridad en internet.
La objeción llega desde el otro flanco y no es menor. Quien sostenga que la burbuja de las criptos es la mayor de la historia incurre en un error de cálculo, según replica un participante: en el momento de mayor capitalización apenas hubo
dos billones de dólares. Las criptomonedas valen lo que vale su adopción, y ahí está el escollo: para comprarlas y para volver a convertirlas a dinero fiat hay que pasar por una plataforma de intercambio. Las intervenciones de las autoridades, vaticina esta postura, no serán sobre las criptomonedas sino sobre los exchanges. Una moneda que no sea convertible, aunque sea por no ser verde, no sirve para nada.
Doce años de gráfica y una pregunta sin cobrar
Bitcoin lleva ya
12 años demostrando, dicen sus defensores, que los escépticos se equivocan. Hay quien relata que entró en esto en 2012 y que el patrón se repite: pasó igual con el ordenador en 1984 y con internet a mediados de los noventa, cuando a casi nadie le interesaba y hoy nadie sabría vivir sin conexión.
El resto es la pelea de siempre. Unos calculan lo que tendrían hoy si hubieran metido
50 euros en su día y los hubieran dejado quietos: el sueldo de muchos meses de trabajo. Otros admiten que no compraron y que ahora se arrepienten. Alguien recuerda que comprar a 30 hubiera bastado. Y una comparación recorre toda la conversación: las estafas pueden durar décadas, por ejemplo las pensiones; la duda es si el bitcoin caerá a cero o si siempre valdrá algo, aunque sea como
souvenir. La respuesta de los convencidos es que el bitcoin no tiene deudas, ni empleados, ni rendimientos prometidos, así que no puede quebrar; su valor puede ser 0,000001 o 999.999 y lo decide el mercado.
Doce años después, el tuit de 2018 sigue circulando.