Paiporta, barro y una visita oficial que nadie vio llegar
¿Qué se encuentra alguien que coge una pala y se va a Paiporta sin avisar a nadie? Un pueblo cubierto de fango, cientos de personas entrando y saliendo como una columna de hormigas y una visita institucional de la que media localidad no se enteró. Ese es el relato de primera mano que dejó un voluntario que pasó la jornada sacando lodo de una planta baja y empujándolo con escobones hacia el barranco, mientras la comitiva oficial hacía su recorrido por otro lado. Su conclusión, resumida: aquello es una
zona de guerra, y lo mejor que vio allí no fue ningún político.
El relato arranca en un punto de concentración de voluntarios y termina con los pies destrozados. Entre medias, un día entero de trabajo físico: primero achicando barro de un bajo, después barriendo calles enteras hacia el cauce o hacia los puntos bajos donde se llenaban baldes que se vaciaban a mano. Sin botas de agua —no quedaban—, con la ropa empapada y con la sensación, repetida varias veces, de haber asistido a algo
épico y emocionante al mismo tiempo.
Quién estaba allí y de dónde venía
La composición de la marea voluntaria que describe el testimonio es bastante concreta: mayoría de españoles, en su mayor parte valencianos de la propia comarca y de otros puntos de la comunidad, con presencia de personas migrantes y de un grupo de jóvenes que se dirigían a la zona con palas. Gente joven, sobre todo. El autor lo cuenta sin adornos y sin estadísticas: lo que vio, lo que le llamó la atención y lo que le hizo sonreír durante toda la jornada.
Lo que más repite no es el número, sino el comportamiento. Allí nadie preguntaba de dónde venías. Te sumabas a un grupo que empujaba el lodo, agarrabas un escobón o cargabas baldes, y en treinta segundos eras uno más. Esa mezcla de desconocidos trabajando codo con codo es, según su relato, lo que convierte la jornada en algo distinto a una simple limpieza.
La solidaridad no se organizó: apareció.
El flujo de voluntarios: cientos de ida y cientos de vuelta
La descripción del trasiego de personas es uno de los pasajes más gráficos del testimonio. Cuando el grupo del autor marchaba hacia las zonas afectadas, se cruzaba con cientos de personas que volvían cubiertas de barro. Cuando ellos regresaban a casa, otros cientos iban de camino. Ese doble sentido constante, con gente de todas las edades pero mayoría joven, es lo que el autor compara con una infestación de hormigas: un caudal incesante que no paraba.
El detalle importa porque sitúa el volumen real de la respuesta ciudadana. No fueron cuatro voluntarios con buena voluntad: fue un movimiento continuo, autoorganizado, sin coordinación visible y sin embargo funcional. Cada cual encontraba su hueco, su grupo y su tarea. Y el que llegaba tarde, encontraba trabajo igual.
Dos anécdotas: un sanitario improvisado y una entrevista en inglés de Paco Martínez Soria
El relato incluye dos episodios que retratan bien el día. El primero: un hombre se había lastimado la tibia con un roce al caer. En un entorno con ese nivel de insalubridad, una herida pequeña deja de ser pequeña. El autor y los suyos limpiaron y desinfectaron la zona y le recomendaron acudir al hospital para un raspado y una nueva desinfección. El herido era el dueño de un restaurante de la zona, que aprovechó para explicar su preocupación por el estado del sistema eléctrico del local.
El segundo episodio tiene su gracia. Al salir de la sala de cuadros eléctricos, un equipo de periodistas belgas andaba buscando al dueño del restaurante para entrevistarlo. El dueño se resistió al principio, aunque luego se abrió algo. Y el entrevistado acabó siendo el voluntario, que se defendió con un inglés que él mismo califica de
Paco Martínez Soria. Las preguntas eran las previsibles: aforo del local, si estaba abierto el día de la catástrofe, quién lo regentaba. La hija del propietario confirmó que no les pasó nada.
El sistema eléctrico, las calles y el barranco
El testimonio insiste en varios frentes que no salen en los resúmenes oficiales. El primero, la electricidad: parte del pueblo seguía con problemas en el suministro, y el dueño del restaurante lo planteaba como una preocupación central para poder reabrir. El segundo, la logística: el autor describe calles aún cubiertas de fango, con el barranco como destino final del lodo empujado a mano, y con vehículos y maquinaria pesada retirándose de forma lenta y parcial. Algún tractor, alguna grúa, un par de bombas de achique. Ni de lejos todo lo que hace falta.
La pregunta que sobrevuela el relato es la del invierno. Con la humedad, los escombros y la putrefacción, la duda de cómo va a sobrevivir la gente allí sin lugares donde guarecerse aparece varias veces. No es una hipótesis: es la constatación de que la catástrofe no termina cuando baja el agua.
La visita institucional que media Paiporta no vio
El autor lo dice con claridad: no se enteró ni de la visita del presidente del Gobierno ni de la del rey. Se enteró al llegar a casa, por su hermano, y por los vídeos que le pasó. En la zona donde él trabajaba, la noticia no llegó, nadie reaccionó y el trabajo siguió. Es un dato relevante: la percepción de la visita depende mucho de dónde estuvieras y a qué hora.
Su valoración personal es dura. Considera que la comitiva obstaculizó labores y que la reacción popular era previsible. Y añade un matiz que conviene subrayar: si llega a estar cerca, no sabe qué habría hecho. Lo deja ahí, sin cerrarlo. En el relato también aparece la idea, repetida por otros intervinientes, de que la protesta no fue cosa de grupos organizados, sino de vecinos. Es una afirmación que circula en el material y que conviene tratar como lo que es: una interpretación de lo ocurrido, no un hecho verificado.
Lo que se perdió y lo que apareció
Hay un detalle pequeño que dice mucho. El autor dejó su mochila con objetos de valor en la calle mientras revisaba el sistema eléctrico de un restaurante. Cuando volvió, estaba intacta. También dejó una linterna LED a unos desconocidos en un bajo donde habían estado sacando barro, con la promesa de que allí seguiría cuando volviera. Volvió. Allí estaba. Ese tipo de episodios, contados sin épica, son los que sostienen la tesis del autor: en medio del desastre apareció un brote de humanidad que no se ve en las estadísticas.
La jornada se cierra con una imagen que no necesita adjetivos: los pies destrozados del voluntario, sin botas de agua porque no quedaban. Y con una pregunta que él deja caer y no responde: qué Navidades le esperan a esta gente. Ahí se acaba el relato. Sin moraleja y sin cierre, porque el asunto, a la fecha de esta crónica, no tenía ninguno.