Un forero publica su lista de westerns y prohíbe ver nada más
Hay listas que se hacen para recomendar y listas que se hacen para cerrar la puerta. Esta es de las segundas. Un aficionado al western publicó su canon definitivo —veinte títulos, ni uno más— y acompañó el recuento con una orden: «no veáis nada más, os lo prohibo». La lista arranca con
Centauros del desierto (The Searchers, 1956) como cima absoluta del género y baja por El forajido Josey Wales, Solo ante el peligro, 3:10 to Yuma en su versión original, El tesoro de Sierra Madre, El hombre que mató a Liberty Valance, The Big Country, Dos hombres y un destino, Río Bravo, Shane, La diligencia, Hasta que llegó su hora, Grupo salvaje, Winchester 73, El pistolero, Jeremiah Johnson, Cabalgar en solitario, El bueno, el feo y el malo —incluido a regañadientes—, Soldado azul y High Plains Drifter. Fuera quedan Río Rojo, por un final que se considera un desastre y un personaje femenino mal escrito, y Sin perdón, despachada como guion pobre y simplona.
Qué westerns entran en la lista y cuáles se quedan fuera
El criterio no es cronológico ni de taquilla. Es de
tripas. La lista mezcla clásicos de los años treinta y cincuenta con revisionismos de los sesenta y setenta, y deja fuera buena parte del western de caballería y del western crepuscular de los noventa. La inclusión de
El bueno, el feo y el malo se justifica casi en exclusiva por la banda sonora: «únicamente por banda sonora tiene grandes chances de entrar», admite el autor, que confiesa pereza ante sus tres horas de metraje. La de Sin perdón se despacha con un juicio sin matices: «un guion pobrísimo, pobrísimo. Historia simplona a más no poder».
El método tiene su gracia. Se abre la puerta a Los profesionales (1966) y, tras verla, se cierra con estrépito: los dos últimos minutos son «una puta imbecilidad que se carga la película al entero». El problema no es el ritmo ni el reparto, es el giro moral de última hora: cuatro mercenarios que han cobrado por rescatar a una doncella renuncian al dinero y proclaman que el amor vale más. Para el autor, ese final «americanos americaneando» es incompatible con las dos horas anteriores.
El canon se amplía: de Los profesionales a Open Range
La lista inicial era un punto de partida, no un dogma. A lo largo de la conversación se cuelan títulos que el autor no había contemplado:
Los profesionales,
Open Range (2003),
Hombre (1967),
La venganza de Ulzana,
Los inconquistables,
El último tren de Gun Hill,
Cabalgar en solitario,
El jinete pálido,
Dos cabalgan juntos,
Valor de ley,
Asalto y robo de un tren,
La balada de Cable Hogue,
El rostro impenetrable o
El día de los tramposos. Algunas entran, otras se quedan en la puerta. La cifra final que se acepta es
18 westerns: «ahora son 18 westerns pero no voy a poner ni una más».
Hay un patrón que se repite: se valoran más las películas que usan el Oeste como escenario para hablar de otra cosa —el crepúsculo, la venganza, la vejez— que las que se limitan a reproducir el manual de indios y vaqueros. También hay quien sostiene que el mejor western de Clint Eastwood es
El jinete pálido y no Sin perdón, y quien defiende que Open Range «no cae tan lejos» de la obra de Eastwood. La discusión se cierra sin acuerdo, como casi todas las buenas.
El final de Los profesionales: por qué se rechaza
El rechazo al final de Los profesionales no es un capricho estético. El autor lo desarrolla con precisión: cuatro mercenarios, los más peligrosos del Oeste, aceptan rescatar a una mujer secuestrada, se enfrentan a cientos de mexicanos —varios civiles muertos por la dinamita—, pasan penalidades durante días y, cuando van a cobrar, renuncian al dinero porque el amor es más importante. «Pero agarrate a los nachos», añade, porque dos de los mercenarios además se enamoran. La conclusión es que el giro no encaja con la trama, los personajes ni el tono de las dos horas previas.
Dos años después,
Grupo salvaje (1969) haría lo contrario: reírse de ese tipo de moralina. La comparación no es casual. El autor considera a Peckinpah un referente y a
La huida (1972) una película que «era la leche», con una escena de tiroteo en un motel que califica de brutal. También reconoce truños en su filmografía, como La balada de Cable Hogue, que compara con un sketch de Benny Hill.
Solo ante el peligro y Centauros del desierto: los dos pilares
Si hay dos títulos que no se discuten son
Solo ante el peligro (1952) y
Centauros del desierto (1956). Del primero se dice que va más allá del género: «un tratado sobre la humanidad», con la cobardía de los pueblerinos que dejan a Gary Cooper solo y unos silencios más elocuentes que cualquier diálogo. Del segundo, que es «la película que me introdujo al western de verdad» y que sus planos son para sacarse el sombrero. No es una opinión aislada: hay quien recuerda verla de niño junto a su abuelo, cabrero en Jaén, que decía que le gustaban «por los paisajes». Ahora lo entiende.
La lista también tiene sus ausencias llamativas. No están
Sin perdón,
Bailando con lobos —despachada como «una puta mierda posmoderna» por una parte de los participantes—,
Los siete magníficos,
High Noon en algunas versiones iniciales,
Django o
Le llamaban Trinidad. Algunas se recuperan después; otras no. El autor cierra el asunto con una frase que resume el espíritu de toda la lista: «Así es. Está The Searchers y después el resto de westerns».
Con estos mimbres, lo previsible es que la lista siga creciendo en los próximos meses —ya lo ha hecho una vez— y que vuelva a cerrarse con la misma solemnidad. La única duda razonable es si el autor cumplirá su propia prohibición o si, como todo el mundo, acabará viendo una más.