Ningún adolescente de hoy ha vivido un mundo sin pantallas
Ningún adolescente ha conocido un mundo sin pantallas. Ese es el hecho que abre una discusión que arranca en el presente y termina, casi siempre, en una pelea por cuál fue la mejor década para estar vivo. El diagnóstico se repite con tono de lamento: crecieron con un móvil en la mano y, se sostiene, no saben lo que es la vida real. La queja tiene siglos, pero el objeto ha cambiado.
El matiz llega deprisa. Los años 2000 tampoco eran analógicos: la pantalla ya estaba en todas partes y el mundo sin móvil ya se había extinguido bastante antes de lo que sugiere la nostalgia. Quien reclama la pureza del pasado tiene que retroceder a los 70, los 80 o los 90, y ahí se rompe cualquier consenso.
La pelea real no es el móvil, es la década
La conversación abandona el smartphone en el segundo párrafo y se convierte en un ajuste de cuentas generacional. Una corriente sostiene que la cúspide cultural de la quinta está en los 90. Otra defiende que fueron los 70. Y una tercera, más incómoda, rechaza el ejercicio entero: atribuir la decadencia a los jóvenes es una forma barata de inflar el propio ego y de señalar como defectuoso lo que solo es distinto.
Ese reproche a la nostalgia no es nuevo. Cada promoción ha mirado a la siguiente con la misma mezcla de alarma y desdén, y en cada ocasión la siguiente ha salido igual de mal y de bien que la anterior.
Por qué los años 80 dividen tanto
Es la década más discutida del lote. Para una parte del análisis fue una época gloriosa en lo musical: el argumento de manual es The Police, formados entre 1977 y 1979 pero con el despegue comercial ya en la primera mitad de los 80. Para la otra parte, la misma década es exceso, droga, cutrez y una clase política que empezaba a enquistarse, con el heavy metal y el rock sucio como banda sonora de un declive.
Ambas lecturas conviven en el mismo tramo temporal sin contradicción aparente. Y las dos coinciden en algo: la música de ahora merece poco. Ahí la nostalgia deja de ser una opinión y se convierte en dogma compartido.
La nostalgia como medida de todas las cosas
El impulso vital, la calle, la creación, el salir al mundo: el pasado se describe como algo sólido y palpable frente a un presente al que se acusa de no tener alma. Sobre la mesa, también, reproches estéticos y de formas hacia los jóvenes que se quedan en la superficie y no explican nada.
Queda, además, una corriente que desliza que el deterioro no empezó con las pantallas, sino antes: la desconfianza en las instituciones, el consumo de masas y el aburrimiento adolescente ya estaban ahí cuando el móvil era una novedad de ciencia ficción. Es la réplica más difícil de contestar.
Cuando muera el último que recuerde un mundo analógico, nadie echará de menos lo que no llegó a vivir. La predicción es razonable, aunque la historia sugiere que la nostalgia no desaparece: se hereda mal, se recicla y vuelve cada generación con otro objeto en el punto de mira.