El calor no echa a los jóvenes de la obra: los echa el salario
Un peón de la construcción en Madrid cobra entre 17.500 y 18.000 euros brutos al año. Eso son unos 1.300 euros al mes. El alquiler medio de un piso en la capital ronda los 1.200. La ecuación no sale, y no es porque el termómetro marque 40 grados en agosto.
Los albañiles veteranos llevan años avisando de que el relevo generacional no llega. La última explicación que ha circulado es que las nuevas generaciones abandonan la obra al primer día porque no soportan el calor. En muchas empresas, cuentan, los chavales no pasan de la primera jornada. Pero cuando se ponen números sobre la mesa, el calor aparece como la excusa más débil del catálogo.
El calor del SMI
La ironía ya tiene nombre: el calor del SMI. Los datos del convenio del ramo en Madrid para el periodo 2025-2026 dejan a un peón suelto en 1.250-1.300 euros al mes en 14 pagas. En provincias de segunda, el salario baja de los 16.000 euros brutos anuales. A cambio, el trabajo exige cargar sacos, aguantar la intemperie y asumir el riesgo de caerte de un andamio. El plus de penosidad no llega ni a un café al día.
Con esos números, la pregunta no es por qué un joven dura un día, sino por qué alguien aguanta una semana. La respuesta que se repite en los análisis económicos es que la ecuación de la burbuja de 2000 ya no se da: entonces se reventaba a trabajar, pero había piso, fiesta y BMW. Ahora el alquiler se come el sueldo y la espalda se rompe igual.
El peón que tiene que saber de todo
Hay otro factor que espanta. En muchas ofertas de empleo se pide peón, pero en la entrevista preguntan si sabes de fontanería, carpintería, albañilería, electricidad, alicatar y escayola. Es decir, quieren un oficial de primera pagado como peón, con contrato de 1.200 euros netos. Varios testimonios coinciden: la construcción busca chavales a los que explotar con todas las categorías del oficio metidas en una sola nómina.
Y mientras, los buenos profesionales no tienen problema. Un soldador o un electricista de nivel cobra lo que pide, trabaja cuatro días y a las dos de la tarde está en casa. El talento se paga; la mediocridad, no. Pero en la obra, la mayoría de los puestos no permiten distinguir al que vale del que no: si pagas el mínimo, obtienes exactamente lo que pagas.
Falta de aprendices o falta de salario
Las empresas se quejan de que no encuentran aprendices. La respuesta que dan los números es más simple: si para un puesto de peón hay cien mil candidatos, no hace falta subir el sueldo. La emigración solo sirve en ciclos expansivos; en cuanto el ciclo se tuerce, se cierra la puerta. Y el sistema de FP, con prácticas obligatorias, se ha convertido en una cantera de mano de obra gratuita: el estudiante rinde dos meses sin coste y entra el siguiente.
También hay quien señala al cambio climático como agravante: cada verano es más difícil trabajar al sol. Pero las soluciones que llegan del Gobierno se centran en prohibir el acceso a parques y montañas, no en recortar la jornada laboral en los meses de calor. Mientras el termómetro sube, el convenio sigue congelado en cifras que no pagan ni el alquiler.
La construcción tiene un problema de fondo: o se pagan salarios que permitan vivir, o el relevo generacional seguirá siendo una entelequia. Nadie pone en duda que el oficio es duro. La duda es si lo es más que cobrar 1.300 euros para pagar 1.200 de vivienda.