Azovstal: la rendición que reabre el pulso sobre el batallón Azov
Una acería que resistió bajo asedio pasó en pocas horas de símbolo a problema. La orden de dejar de defender Mariupol y entregar la planta de Azovstal, recogida por
El Confidencial, cerró una fase de la batalla y abrió la discusión sobre qué hacer con quienes salieron de los túneles. Los combatientes de Azov no son un actor secundario: según una parte, están
integrados en el ejército regular ucraniano; según otra, responden a una estructura paramilitar con historial propio. De esa discrepancia depende, ni más ni menos, qué normas de guerra se les aplican.
Qué ocurrió en Azovstal y por qué se entregó
La formación que combatía en apoyo de las Fuerzas Armadas de Ucrania ordenó dejar de defender Mariupol, lo que implicaba renunciar a la acería, último reducto de la resistencia en la zona. El repliegue se presentó desde el primer momento de dos maneras incompatibles. Para unos fue una
retirada táctica tras cumplir la misión de fijar fuerzas enemigas durante semanas. Para otros fue una huida hacia los sótanos cuando se acabaron los recursos, con los civiles dentro.
La comparación con episodios históricos —el heroísmo francés en la Segunda Guerra Mundial, los Últimos de Filipinas— sirvió tanto para encumbrar a los defensores como para ridiculizarlos. El tono cambia según quién lo cuente, pero el hecho es el mismo: la acería dejó de ser defendida y sus ocupantes pasaron a manos del adversario.
¿El batallón Azov es un grupo nazi o una unidad integrada en el ejército?
La etiqueta está en disputa. Una corriente sostiene que buena parte del material gráfico que se difunde como prueba del carácter del batallón no corresponde a sus miembros, que la unidad está integrada en el ejército regular y que su peso real en Ucrania es menor del que sugiere la propaganda.
No serían nazis, sino nacionalistas, en línea con buena parte del resto de unidades.
La objeción llega desde el otro lado y tira de historia: la figura de Bandera y el nacionalismo que derivó en violencia masiva. Quien rebate el paralelismo responde con una pregunta incómoda: qué ejército estaría formado solo por afines a otra cosa. El debate es sobre etiquetas y poder real, y ninguna de las dos partes aporta aquí una fuente que lo cierre.
Las acusaciones sobre civiles usados como escudo y torturas
El tramo más duro del enfrentamiento tiene que ver con la población. Hay quien afirma que los combatientes se replegaron a los sótanos y retuvieron a vecinos como
escudos humanos, y que la caída de la acería se aceleró precisamente cuando ese factor desapareció. Frente a eso, otra parte exige pruebas y recuerda que las acusaciones de crímenes se lanzan con facilidad en mitad de una guerra.
Entre los señalamientos que circulan se citan centros de internamiento y tortura en el aeropuerto de Mariupol, instalaciones con drogas en cuarteles y la ejecución de prisioneros. Son imputaciones
sin condena firme y varias se remontan, según quienes las sostienen, a ocho años de conflicto en el Donbás. La calificación penal queda, de momento, en el aire.
Qué dice la Convención de Ginebra sobre los capturados
La norma es clara y se cita al hilo de esta rendición:
tratar con respeto y garantizar la seguridad de los soldados enemigos capturados. De ahí que una parte reclame garantías y distinga entre soldados regulares y mercenarios extranjeros, a los que negaría ese paraguas. Las imágenes difundidas muestran visitas de la Cruz Roja y de representantes ucranianos a las colonias penitenciarias donde se retiene a los rendidos.
Conviene no confundir el deseo con el dato. Que una delegación visite un centro penitenciario no equivale a un aval sobre las condiciones, igual que una acusación repetida mil veces no se convierte en sentencia. La discusión real es si se aplicará el estatuto de prisionero de guerra o si se abrirá la vía de los cargos criminales.
De héroes a mafia: el choque de relatos
La descripción de los combatientes oscila entre dos extremos que no se tocan. En un lado, el mártir que aguanta para que su país sume un tanto simbólico, aunque sea en un concurso de canciones. En el otro, el retrato de un clan con ramificaciones en robo, secuestro, tráfico de armas, drogas y blanqueo;
más mafia que regimiento, según esa lectura.
Ni una versión ni otra se sostienen con documentación disponible. Lo que sí queda claro es que el nombre de Azov se ha convertido en una marca que cada bando usa a su favor: para unos, prueba de que Ucrania resiste; para otros, prueba de que Occidente se ha equivocado de aliados.
¿Cambiará algo cuando se conozca el trato real que reciben los prisioneros y se cierren —si se cierran— las acusaciones que hoy se lanzan sin resolución? Es la pregunta que sigue abierta.