¿Prejuicios alimenticios de la postguerra?
¿Es cierto que los mayores de 50 arrastran manías alimenticias heredadas de la escasez de la posguerra? La discusión se centra en ejemplos cotidianos: el pan blanco como símbolo de estatus, las legumbres como plato pobre, o el beso al pan antes de ponerlo en la mesa. Pero, ¿son realmente prejuicios o mecanismos de supervivencia?
Quienes defienden la racionalidad señalan que el pan blanco era preferido no por lujo, sino por seguridad: la harina integral era más fácil de adulterar con serrín. En tiempos de hambre, la calidad del trigo era dudosa. El pan blanco garantizaba que no te estaban engañando. Una lógica de desconfianza, no de esnobismo.
Por otro lado, frases como «no dejes nada en el plato por los niños de África» o recoger la comida caída a los tres segundos son vistos como reflejos de una mentalidad de escasez que ya no toca. La abuela que besa el pan antes de ponerlo en la mesa es el ritual de una generación que vivió la hambruna.
El debate no es blanco o negro. La cocina casera y el rechazo a los precocinados que muchos defienden como virtudes también podrían ser, para otros, prejuicios de otra época. Lo cierto es que, si la crisis actual aprieta, estos hábitos pueden volver a ser norma. Y entonces, ¿prejuicio o pragmatismo?