Los DJ son una engaña: el sync y los platos que sobran
Que pinchar música dejó de ser un oficio difícil es una idea que gana terreno. El argumento: la tecnología ha desmontado el mito del oído y de la coordinación milimétrica. Lo que antes distinguía a un selector de una máquina de discos se reduce, según esta lectura, a cuadrar ritmo y tempo. Y quien no lo ve, dicen, es porque no quiere.
El invento que dinamitó el mérito
La aparición del sync, la sincronización automática de tempo entre dos pistas, marca el punto de no retorno. Con ella, el beat matching —igualar revoluciones a mano oída— se delega en el software. La crítica más dura sostiene que, desde entonces, el oficio se convirtió en una pose: elegir temas y dar la espalda al público. Otros matizan que el sync no mezcla por ti, solo libera manos; el criterio de qué suena y cuándo sigue siendo humano. Nadie está obligado a usar dos platos cuando le basta con uno.
Seis platos de Cristian Varela: ¿talento o fantasmeo?
El contragolpe llega desde el virtuosismo. Cristian Varela pincha habitualmente con cuatro platos y ha llegado a hacerlo con seis simultáneos. Óscar Mulero se cita como prodigio de la técnica, y se reivindica el cierre de Pepo en Aquasella como prueba de que la sesión bien construida sigue existiendo. La respuesta es tajante: ¿qué falta hacen seis platos para pinchar uno? Lo que unos leen como alarde, otros lo ven como fantasmeo innecesario. En el Levante hay nómina larga —Paco Maroto, Beto Delgado, Javi Always, Laura Llanes— para sostener que el criterio no ha perecid.
El scratch conserva un respeto casi unánime: es la única disciplina que, por consenso, exige destreza real. Todo lo demás depende de dónde se ponga el listón. Y ahí el análisis se atasca.