El sistema de pensiones español: ¿quebrado o mal gestionado?
La escena se repite en plató televisivo: un tertuliano menciona que el sistema de pensiones está quebrado, y el presentador le corta. «¡No, no, no, eso es un bulo!», mientras la cámara enfoca los gestos de aprobación del resto de invitados. Sucedió hace unos días en el programa de Jesús Cintora, donde una exdirigente de Vox intentó argumentar con datos y fue silenciada. El vídeo, titulado «¡Humillada en su cara! Jesús Cintora destroza el mayor bulo de la ex de Vox», se ha hecho viral y reabre el debate sobre la sostenibilidad del sistema público de pensiones en España.
La hucha se vació en la era Rajoy
Uno de los datos que más se repiten en el análisis es el desplome de la llamada «hucha de las pensiones». El fondo de reserva de la Seguridad Social llegó a acumular 67.000 millones de euros en tiempos de José Luis Rodríguez Zapatero y, según una información de El Español, se redujo a apenas 8.000 millones durante el gobierno de Mariano Rajoy. Esa cifra, que apenas cubre un mes de pagas, obliga a recurrir a transferencias directas de los Presupuestos Generales del Estado para sostener el sistema mes a mes. «Se sostiene con aportaciones suplementarias de los PGE», resumen los expertos, lo que convierte el déficit de las pensiones en un problema de caja estructural.
Un sistema que nació quebrado
Más allá de la coyuntura, el debate de fondo es la propia arquitectura del sistema de reparto. Un número creciente de economistas señala que, por definición, un sistema donde los trabajadores activos pagan las pensiones de los jubilados es insostenible en el largo plazo si la pirámide demográfica se invierte. «El sistema de reparto nació quebrado», sostienen. «Incluso cuando parecía que funcionaba bien, ya estaba quebrado, igual que una ruleta rusa». La generación del baby boom se acerca a la jubilación y la tasa de dependencia se disparará. Las recetas que se barajan son impopulares: subida de la edad de jubilación a los 70 años, destope de las cotizaciones sin contrapartida en la prestación, o un giro hacia modelos de capitalización individual como los de Dinamarca o Israel.
Los que niegan la quiebra: fraude, inmigración y prioridades
Sin embargo, existe una corriente que niega que el sistema esté quebrado, argumentando que el problema no es de diseño sino de gestión. Señalan el fraude en las cotizaciones (trabajadores que cotizan dos horas y trabajan ocho) y el gasto superfluo de las administraciones. También apuntan a los inmigrantes como un factor que tensa las cuentas públicas, aunque en realidad las cotizaciones de los extranjeros son positivas para la Seguridad Social. La discusión se enrarece cuando se mezclan churras con merinas: unos hablan de pensiones contributivas, otros de prestaciones no contributivas, subsidios y dependencia, que son partidas distintas. «Son tres putos sistemas distintos», resumen con crudeza los que intentan poner orden en el debate.
La política del avestruz
Lo cierto es que, mientras la hucha se vacía y el déficit se maquilla con transferencias, los sucesivos gobiernos –del PP y del PSOE– han evitado abordar una reforma de calado. Pedro Sánchez anuló el coeficiente de sostenibilidad y en su lugar ha optado por subir cotizaciones y crear nuevos complementos (como el de maternidad, que luego se extendió a los hombres). «Sea quien sea el que gobierne, da exactamente igual», advierten los analistas. La factura llegará cuando estalle la próxima crisis. Entonces, las medidas drásticas serán inevitables.
El dato que descoloca: mientras en los platós se censura la palabra «quiebra», el fondo de reserva apenas da para doce días de pago de pensiones. Y sin embargo, ningún partido se atreve a decirlo en campaña.