El 71,4% del empleo creado entre 2019 y 2024 fue para trabajadores extranjeros
¿Quién está ocupando los puestos de trabajo que se crean en España? Un estudio de la Fundación de Estudios Económicos Aplicados (Fedea) sitúa la respuesta en un dato incómodo: el
71,4% de los empleos nuevos generados entre 2019 y 2024 fueron a parar a trabajadores extranjeros, que ya representan el
20,7% de la fuerza laboral. El informe apunta a un desajuste entre el perfil formativo de la población migrante y las vacantes que ofrece el mercado, concentradas en construcción, hostelería y ocupaciones de baja cualificación.
Un mercado laboral que expulsa a los jóvenes
El mismo periodo en que se crearon casi dos millones de empleos netos —y el paro bajó en 438.000 personas— sirvió para consolidar una tendencia que lleva años gestándose: los nuevos puestos no van a los jóvenes.
El 74,7% de los empleos creados fueron ocupados por mayores de 50 años, mientras se destruyeron alrededor de
634.000 puestos en la franja de 30 a 44 años. Entre los 45 y los 49, el saldo fue de apenas 70.000 empleos más.
La lectura que se extrae de esos números es que el mercado laboral español está premiando la experiencia consolidada y castigando la entrada. La proporción de trabajadores mayores de 50 años en la población activa ha subido cinco puntos en cinco años, hasta el 35%. Y los que no encuentran hueco, se van: según el INE,
220.443 personas abandonaron España en el primer semestre de 2022, la cifra más alta desde la crisis de 2013, con la franja de 25 a 39 años como la más afectada.
¿Por qué se contrata a extranjeros en lugar de a jóvenes locales?
La explicación que ofrece el estudio de Fedea pasa por el nivel educativo. La población activa inmigrante tiene, de media, una formación inferior a la nativa, lo que la orienta hacia sectores que no exigen titulación. Pero hay quien lee el fenómeno al revés: no es que los extranjeros ocupen los puestos que los jóvenes rechazan, sino que la estructura productiva española genera cada vez más empleos de baja calidad y mal pagados, y esos son los que quedan disponibles.
En el análisis más crítico con la política migratoria se sostiene que el sistema funciona como una máquina de sustituir mano de obra autóctona por otra más barata y dispuesta a aceptar peores condiciones. La cita que resume esa tesis es la de un exdirector de recursos humanos de Inditex: «
Importamos camareros y obreros de la construcción mientras exportamos médicos e ingenieros». La ironía, apuntan desde otra trinchera, es que esa misma empresa tiene casi toda su producción fuera de España.
El saldo migratorio como termómetro del descontento
Los datos de salida de población joven y los de entrada de trabajadores extranjeros dibujan dos curvas que se cruzan. Mientras el país pierde a los profesionales que ha formado —médicos, ingenieros—, incorpora mano de obra para sectores que no requieren cualificación. El resultado, según los críticos, es una
descapitalización humana que empobrece el capital social y lastra la productividad.
Hay quien va más allá y describe un sistema que necesita crecer en población para sostener el consumo y, de paso, el pago de la deuda. Bajo ese prisma, la llegada constante de trabajadores extranjeros no sería un fallo del modelo, sino su combustible. Y la pregunta que sobrevuela es si ese combustible alcanza para mantener un estado del bienestar que ya da señales de agotamiento.
La conclusión que se impone es que el mercado laboral español ha encontrado una fórmula para crecer en ocupados sin resolver el problema de fondo: los jóvenes siguen fuera, los mayores aguantan y los que llegan de fuera ocupan lo que queda. Un equilibrio que, visto el ritmo de salidas y entradas, tiene pinta de ser todo menos estable.