Futbolistas vs ajedrecistas: la inteligencia que no mide el CI
Un delantero recibe el balón de espaldas a portería. En menos de un segundo evalúa la posición de tres defensas, el portero adelantado y el movimiento de dos compañeros. Elige el pase, no el tiro. La jugada acaba en gol. Esa lectura instantánea del espacio y el tiempo es el mismo tipo de inteligencia posicional que despliega un gran maestro de ajedrez cuando calcula variantes. Pero mientras al ajedrecista se le presume inteligente, al futbolista se le despacha como «millonario por dar patadas a un balón». ¿Por qué esa doble vara?
El fútbol como gimnasio cognitivo
Los defensores de la inteligencia futbolística señalan que el talento para leer el juego, anticipar movimientos y decidir bajo presión no es cualitativamente distinto de la capacidad de resolver problemas abstractos. Se cita a menudo a Messi, a quien se considera torpe para aprender idiomas pero genial en el campo, como prueba de que la inteligencia es múltiple y contextual. El éxito profesional en el deporte de élite requiere, además, una disciplina mental que muchos intelectuales de salón no tienen: horas de entrenamiento, gestión del fracaso y trabajo en equipo.
La vara de medir: salarios contra prestigio
La paradoja económica es evidente: los futbolistas de élite ganan en un año lo que un catedrático en toda su vida. Eso genera un resentimiento disfrazado de desprecio intelectual. Se les llama «millonarios por dar patadas a un balón» sin reconocer que el mercado paga por un talento escaso, entrenado y demostrable. Como recuerdan algunos análisis, la relación entre inteligencia y éxito profesional se aplica de la misma manera en otras profesiones popularmente menospreciadas, como la de actor.
El dato que desconcierta
Los ejemplos de astucia en el campo son innumerables: Maradona, Guti, Messi… Y fuera de él, muchos han demostrado inteligencia para los negocios. Sin embargo, el estereotipo persiste. Quizá porque medir la inteligencia con test de CI es ignorar que existen formas de inteligencia que no se resuelven con ecuaciones ni requieren una dicción perfecta. La próxima vez que un futbolista decida en milésimas de segundo hacia dónde mover el balón, piensen que Kasparov tardaba minutos en mover una pieza.