Incendios de vacaciones: la crisis de Ceuta silencia el fuego
El 17 de septiembre, un helicóptero descarga agua sobre un monte que ya nadie filma. Las portadas hablan de Ceuta, no de hectáreas calcinadas. La temporada de incendios ha terminado oficialmente el 31 de agosto, como si el fuego entendiera de calendarios laborales.
Entre los análisis que circulan, gana fuerza la tesis de que los grandes incendios son la herramienta perfecta para vaciar el campo. Si el objetivo es instalar paneles solares, molinos y centros de datos, un monte despejado por las llamas allana el camino. De ahí la pregunta incómoda: ¿por qué no se moviliza a los parados para desbrozar el monte? La respuesta que muchos se dan a sí mismos no es la que daría una subasta de energía.
Cambio climático: la querencia de las vacaciones
La ironía no tiene límites: el calentamiento global parece respetar los fines de semana y los periodos vacacionales. Los incendios que asolan tres comunidades autónomas se concentran entre julio y agosto; el 17 de septiembre no verá uno así, como se apunta en los ambientes escépticos. La coincidencia con la crisis de Ceuta y la final del Mundial resulta, como mínimo, sospechosa.
Algunos analistas recuerdan que los mismos que abrían telediarios con los incendios durante el verano cambiaron el disco de golpe. La distracción es un viejo arte del poder: hay quien sostiene que el fuego ya ha cumplido su función y que los pirómanos, si los hay, se han tomado la medicación. La supuesta extinción inmediata de los incendios cuando llega otra crisis invita a pensar que el bosque ardía en la agenda, no en el territorio.
El dato que descoloca: el campo no arde en invierno, pero la economía del suelo no se detiene. Mientras tanto, las llamas han servido para limpiar el monte a bajo coste. Y eso no sale en los partes oficiales, que ya están en otra página.