El físico de los liberales: del estereotipo al dato de longevidad
¿Existe un «físico del liberalismo»? La pregunta suena a broma de vestuario, pero ha servido de yacimiento de argumentos: que si quienes defienden el libre mercado son escuálidos, calvos, de aspecto enfermizo; que si el socialismo, en cambio, alimenta. El asunto arranca con una imagen y termina, como casi siempre, discutiendo qué es un país liberal y quién paga la nómina de sus profetas. El registro importa: aquí se mezcla la burla con el dato.
Quién vive más: Mises, Hayek o Marx
El argumento más cuantificable es la longevidad, según el listado de edades que hizo circular un participante: Ludwig von Mises murió a los 92 años, Friedrich Hayek a los 92, Milton Friedman a los 94 y Ron Paul supera los 90. En el otro extremo, Karl Marx falleció a los 64 y John Maynard Keynes a los 62. La conclusión implícita —el liberalismo alarga la vida— se sostiene mal. Hay quien responde que comparar a quienes vivieron antes de la penicilina es hacer trampa estadística y que la muestra está escogida a dedo. El caso de Clint Eastwood, más de 95 años, tampoco cierra el círculo: hay quien sostiene que no es liberal, y su etiqueta ideológica queda en disputa.
El sesgo del cementerio
Objeción metodológica: si uno busca entre los muertos, todos apestan igual, midan lo que midan. Generalizar un estereotipo físico a partir de los casos que uno elige mirar no describe una ideología, describe a quien mira. También el físico medio juega en contra del cliché: casi todo el mundo es corriente, y los héroes del celuloide son la excepción. Y hay un contraejemplo histórico: las fotografías de Espartero, Prim, Churchill, Washington o Jackson no encajan con el estereotipo. El problema, se argumenta, sería del «hombre moderno», no de la filiación política. La literatura añade su propia trampa: las novelas de Ayn Rand dibujan protagonistas de una apostura improbable, y esa disonancia genera rechazo en el lector.
La nómina pública del libre mercado
El reproche que más incomoda es económico. Un participante sostiene que buena parte de los intelectuales que critican el gasto público cobran de universidades, fundaciones o centros de pensamiento sostenidos con dinero ajeno al mercado. Frente a la defensa —«viven de su trabajo»— aparece la réplica: «cobrando dinero público la mayoría». Sobre el reproche planea la paradoja del divulgador subvencionado que predica la desregulación.
¿Existe un país liberal?
La discusión desemboca en la definición. Una corriente sostiene que hoy no hay ningún país liberal porque ninguno reconoce de raíz las libertades negativas del individuo, y que históricamente solo se acercó el Estados Unidos fundacional. Otra replica que en Occidente no hay socialismo real, que el PSOE es socialdemócrata y que a esa familia la combatieron los comunistas. Una tercera línea responde que socialismo es, simple y llanamente, colectivizar: y que si se expropia la mayor parte de la nómina, ya es socialismo, se autodenomine como se autodenomine.
El análisis se atasca justo ahí. Se puede medir la longevidad de un economista muerto; no se puede zanjar con una foto qué es un liberal ni quién paga su sueldo. Las cifras están sobre la mesa. La conversación, con o sin pectorales, sigue sin árbitro.