Manifestaciones por la vivienda: el alquiler devora el salario
¿Cuánto tiene que subir el alquiler para que una generación entera deje de poder emanciparse? En medio centenar de ciudades españolas, con Madrid a la cabeza, colectivos vecinales, sindicatos de inquilinos y plataformas sociales han salido a la calle para exigir soluciones inmediatas a una crisis habitacional que ya no admite paños calientes. La protesta, teñida de naranja y verde, ha unificado un malestar que atraviesa barrios enteros: los precios del alquiler se llevan hasta el 60% del salario en algunas provincias, mientras el parque de vivienda vacía sigue sin movilizarse. La consigna es clara: «El miedo ha cambiado de bando».
Qué piden los sindicatos de inquilinos y qué les responden
Las plataformas convocantes exigen una bajada inmediata del 50% en los alquileres, la paralización de los desahucios de personas vulnerables, la ilegalización de las empresas de desokupación, la vuelta a los contratos indefinidos mientras el inquilino cumpla y la regulación del mercado turístico. Es un paquete que, según sus impulsores, ataca la raíz del problema: el rentismo como negocio financiero.
La respuesta desde el otro lado no se ha hecho esperar. Hay quien sostiene que limitar precios sin aumentar la oferta solo reparte escasez: si hay cinco familias y un piso disponible, limitar el precio deja a una familia con una vivienda barata y a las otras cuatro en la calle. El cálculo más repetido es que la solución pasa por que existan seis casas por cada cinco familias, no por abaratar artificialmente las que ya hay.
En ese pulso, los datos de vivienda vacía se han convertido en un campo de batalla.
Se manejan cifras que superan los 4.000.000 de inmuebles sin ocupar, según los participantes, pero su distribución desmonta el relato fácil: el 45% se concentra en municipios de menos de 10.000 habitantes, donde vive el 20,3% de la población. Andalucía acumula 641.000; Galicia, 506.000; Castilla y León, 360.000; Castilla-La Mancha, 303.000; y Extremadura, 123.000. Muchas de esas casas, se argumenta, son inmuebles deteriorados en zonas sin demanda real, no áticos en el centro de Madrid.
Por qué no se construye más vivienda en las zonas tensionadas
El argumento de la oferta choca con un muro de costes. Los costes de construcción han subido hasta un 80%, según los datos que se cruzan en el análisis, y construir en el extrarradio cuesta prácticamente lo mismo que hacerlo en el centro de una capital. Con salarios estancados y materiales por las nubes, el promotor solo encuentra margen en el segmento premium. El resultado es un mercado partido: obra de lujo para unos pocos y un alquiler convencional que se encarece por pura escasez.
A eso se suma la okupación y la inseguridad jurídica del arrendador. Hay quien defiende que sin leyes de desalojo rápido —expulsión policial en días si no se paga— el propietario no se arriesga a alquilar, y que ese miedo es lo que mantiene miles de pisos fuera del mercado. La otra cara de la moneda es la crítica a las ayudas públicas al alquiler: se sostiene que subvencionar la demanda sin tocar la oferta solo traslada el dinero público al bolsillo del casero.
El trasfondo migratorio y demográfico que nadie quiere mirar
En el debate aparece una derivada incómoda: el impacto de la inmigración sobre la vivienda y los servicios públicos. Una parte de los intervinientes sostiene que la llegada masiva de población en pocos años tensiona barrios enteros y encarece el alquiler en zonas populares, mientras otra corriente recuerda que esos mismos trabajadores son mano de obra necesaria para construir las casas que faltan. Es el pez que se muerde la cola: sin trabajadores no hay obra, y sin obra no hay vivienda para esos trabajadores.
La paradoja se completa con la España vaciada. En provincias como Ourense hay 120.000 viviendas vacías y precios que se llevan el 60% del salario, pero los pisos libres están en aldeas de cien habitantes con una edad media de ochenta años. Nadie se muda allí. El problema no es que falten ladrillos, sino que sobran donde nadie quiere vivir y faltan donde todos quieren.
Mientras los manifestantes gritaban consignas que no siempre coincidían —de «rentista muerto, abono pa mi huerto» a «caseros cabrones»—, el mercado sigue haciendo su cálculo. Con estos mimbres, la única certeza es que el cesto no se va a llenar solo.