El Mundial moderno: un producto inflado que ha perdido el alma
El fútbol de selecciones vive su mayor crisis de identidad. Los mundiales actuales parecen calcados: estadios con el mismo corte, jugadores con peinados y tatuajes idénticos, y un ambiente más parecido a un evento de influencers que a una cita deportiva. La última edición, con Canadá como anfitrión, dejó una imagen reveladora: el debut del país norteamericano se jugó en un estadio que bien podría ser de Segunda División española, en lugar de aprovechar los majestuosos campos de béisbol o fútbol americano que tanto llaman la atención.
La expansión que todo lo diluye
La FIFA ha multiplicado el número de participantes: 48 equipos en 2026, con planes ya anunciados para llegar a 64. El argumento comercial es evidente: más selecciones, más audiencias, más ingresos. Pero el resultado es un torneo hinchado de partidos intrascendentes. Enfrentamientos como Canadá-Bosnia o Costa de Marfil-Ecuador apenas generan interés. El Mundial, que siempre presumió de reunir a los mejores, se ha convertido en un campeonato de inclusión forzada donde cualquiera tiene su plaza.
Estética Instagram versus autenticidad
Los estadios modernos son puro artificio: cúpulas, palcos VIP, iluminación LED y un diseño pensado para la foto, no para el aficionado de verdad. Se echa de menos la atmósfera de los viejos campos ingleses, donde se olía a cerveza y carbón. Incluso los intentos de recrear esa estética (como el estadio de Toronto) resultan falsos: son escenarios nuevos disfrazados de antiguos. La épica se ha desvanecido.
No obstante, no todo está perdido. La final de Qatar 2022, con sus goles y remontadas, demostró que el torneo aún puede regalar momentos inolvidables. Pero la tendencia es clara: si la FIFA sigue ampliando el formato, el desprestigio será irreversible. Quizá dentro de diez años recordemos el Mundial como lo que fue, no como lo que es ahora.