Los nuevos japoneses: la inmigración que ya no se puede frenar
Entre India, Pakistán y Bangladesh suman unos 2.000 millones de personas: tres Américas latinas enteras con vocación de moverse hacia economías que se mueren de viejas. En Japón, un país que ha hecho de la puerta cerrada un símbolo nacional, la discusión sobre quién será el nuevo habitante está encima de la mesa. La polémica no es si habrá una llegada masiva, sino cuándo y en qué condiciones.
El magnicidio que lo cambió todo
No es casualidad que se apunte al asesinato de Shinzo Abe como punto de inflexión. Quienes analizan el tablero político japonés sostienen que su muerte allanó el camino para una política de inmigración que antes era tabú. Mientras, en Bruselas, Ursula von der Leyen maneja la idea de redistribuir el superávit demográfico del sur hacia el norte de Europa. La expresión descargar no gusta a los escépticos, que ven ahí una operación de ingeniería social.
El espejo español
España se convierte en advertencia. Algunos señalan el caos de sus ciudades y el rechazo despertado por la inmigración mal gestionada; otros replican que los recién llegados de Asia llegan educados y sin molestar a nadie. La pregunta incómoda flota en el aire: ¿qué se está dispuesto a sacrificar para que el sistema mantenga su equilibrio?
El dato que descoloca es simple: mientras los países ricos discuten los muros, la demografía ya ha tomado la decisión. La cuestión no es si habrá una próxima oleada, sino cuánto del mundo que viene queremos ponerle nombre. Los nuevos japoneses no van a desaparecer porque se les ignore; exactamente lo contrario.