Los rojos, siempre los rojos: reducir la política a una sola conspiración
Un texto anónimo que circula por distintos foros sostiene una idea totalizadora: todo lo que va mal —el confinamiento, la prensa, los tribunales, la sanidad— responde a un mismo actor. Los «rojos». No un gobierno, no una coyuntura concreta. Un bloque que, según esta tesis, lleva más de un siglo demoliendo Occidente con una sola herramienta:
la narrativa. El mensaje se ha ido reeditando en distintas plataformas, con recortes y fotos caídas por el camino, y suma adhesiones entre quienes lo suscriben casi al pie de la letra y quienes le señalan las grietas.
Qué plantea el mensaje: el «cambio de fase» y los 100 millones de muertos
El documento arranca de una escena cotidiana. El vecino amable convertido en vigilante, la policía y los jueces pasando de los derechos constitucionales, los médicos dejando de mirar por el paciente. Para su autor, eso no es un fenómeno nuevo: es
lo mismo de siempre. Sitúa el arranque en
1917, la Revolución Bolchevique, a partir de la cual, dice, hubo dinero casi infinito para infiltrar las sociedades occidentales. A la vía directa y violenta le habría sucedido una segunda más sibilina, la de la Escuela de Fráncfort, asociada al «marxismo cultural».
El gran número sobre el que se apoya todo el andamiaje es este: «en los países comunistas se mataron a
100 millones de personas». El autor no se detiene en condenar la cifra, sino en explicar el mecanismo: asegura que esas muertes se produjeron «con narrativas», igual que hoy, sostiene, se justifican otras cosas.
¿Eran el nazismo y el comunismo lo mismo?
Aquí el texto recibe su primera enmienda seria. Frente al planteamiento que presenta el nacionalsocialismo como último intento de frenar al comunismo, varias respuestas recuerdan que ambos regímenes compartían método. «En su lucha contra el comunismo el nazismo acabó rebajándose a su mismo nivel, la diferencia es que los crímenes del nazismo nos los repiten hasta en la sopa, los crímenes del comunismo en cambio son el gran olvidado», resume una de las intervenciones.
La contrarréplica aporta fechas incómodas para el relato del protector: Alemania firmó con la URSS un pacto de no agresión, invadió Polonia —la nación más anticomunista del continente— y solo después rompió con Moscú al atacar la Unión Soviética. Se cita incluso la batalla de Varsovia de
1920, cuando Polonia frenó el avance soviético, como prueba de que el anticomunismo no empezó en Berlín. Y se trae a colación la encíclica
Divini Redemptoris, de Pío XI, en
1937, que condenaba por igual comunismo y nazismo antes de que estallara la contienda.
Goebbels, los once principios y el pacto que sirve en ambos bandos
El intercambio se enreda en la propaganda. Un lado cita los once principios atribuidos a Goebbels y sostiene que el manual se aplica hoy igual que ayer. El autor del mensaje los descarta como falsos y reprocha que se le recuerde el pacto de no agresión entre Berlín y Moscú «como si fuera acordar una cosmovisión común, en vez de un pacto de no agresión». El detalle es revelador: cada bando acusa al otro de ser el verdadero heredero del aparato de propaganda.
La ironía de fondo la apunta otra respuesta: durante los años ochenta, recuerda, «en todas las películas, en la vida política, en los anuncios», el comunismo era presentado como algo «negativo y pernicioso». Quienes hoy ven rojos por todas partes crecieron oyendo exactamente lo contrario de lo que ahora se les exige creer.
El caso español: las residencias y el «expediente Royuela»
El relato aterriza en España con dos ejemplos. El primero, la pandemia: se afirma que hubo
20.000 ancianos muertos en residencias, «unas 50 veces mayor que la probabilidad de morir del anciano en cualquier otro lugar», sin que, según el texto, la sociedad se escandalizara. El segundo es el llamado «expediente Royuela», presentado como la mayor trama de corrupción conocida en el país, en la que se llega a atribuir al PSOE la muerte de más de un millar de ciudadanos. Conviene ser tajante: son afirmaciones sin prueba aportada, lanzadas de forma genérica, y cualquier responsabilidad penal exige investigación, acusación formal y, en su caso, condena firme que aquí no consta.
Lo que el mensaje convierte en evidencia, para sus réplicas es, como mucho, una sospecha que se repite hasta sonar a hecho. Ese salto —la sospecha elevada a certeza por acumulación— es, precisamente, el mecanismo que el propio texto dice denunciar.
Masones, Klaus Schwab y el eslabón que nadie cierra
En la parte final aparecen las tesis clásicas de la conspiración: la masonería como origen del liberalismo, el marxismo como su heredero, el vínculo entre el promotor del Foro Económico Mundial y una conocida saga bancaria. Aquí es el propio texto el que se frena: se pregunta si ese parentesco «es seguro», y reconoce que hay webs que lo afirman y otras que lo desmienten. La honestidad dura poco; el hilo de causalidad, en cambio, nunca se corta.
Al final, el autor admite algo que agrieta toda la construcción: «Yo no lo sé, pero existe y actúa». Puede identificar al enemigo en cada esquina, en cada titular y en cada médico que no mira al paciente. Lo que no consigue —y ahí se queda el texto, sin cerrar— es ponerle nombre al responsable último.