El separatismo vasco y la OTAN: un debate de foro
¿Qué tiene que ver el nacionalismo vasco con la OTAN y con Vladimir Putin? La pregunta circula desde que un comentario atribuido a una cuenta de redes sociales sostiene que «Rusia lleva años financiando movimientos separatistas en España». El punto de partida es un mensaje que compara a quienes defienden posiciones independentistas en España con quienes las defienden en Rusia, y que califica de «atrevida» la ignorancia de estos últimos. A partir de ahí, la conversación derivó hacia un asunto más incómodo: la supuesta alineación del independentismo vasco con la órbita atlántica y su mensaje —más o menos explícito— a Moscú.
Qué dice el mensaje que originó la polémica
El texto de arranque es un tuit atribuido a Ricardo Marquina en el que se afirma que «estos palurdos pasarían el resto de su vida en la cárcel si defendieran posiciones separatistas de cualquiera de las minorías lingüísticas, étnicas o religiosas de Rusia». La frase no aporta datos, pero funciona como detonante: introduce la idea de que el independentismo periférico español se mueve en un terreno de impunidad que en Rusia no existiría.
Sobre esa base, una parte de los intervinientes sostiene que el nacionalismo vasco ha sido históricamente un proyecto alineado con intereses británicos y atlánticos, no con Moscú. Se argumenta que la bandera de la comunidad autónoma reproduce el diseño de la enseña del Reino Unido y que el partido hegemónico en la zona mantiene lobby en Washington desde hace décadas. Es una tesis que se lanza sin documentación, pero que ordena buena parte del debate posterior.
El mensaje a Putin y el juego de bloques
El titular que resume el asunto es el de un mensaje duro dirigido a Vladimir Putin desde ese espacio político. La formulación concreta no aparece desarrollada en el material, pero la dirección es clara: si el independentismo vasco se sitúa en la órbita atlántica, su posición respecto a Moscú es de confrontación, no de simpatía. Es el giro que incomoda a quienes llevan años presentando a la izquierda abertzale como compañera de viaje del Kremlin.
La discusión se enreda en etiquetas. Hay quien sostiene que el separatismo vasco y el terrorismo etarra «siempre han sido OTAN», y quien responde que es «un secreto a voces» que Putin financió a ETA. Ninguna de las dos afirmaciones viene acompañada de prueba alguna. Son, en el mejor de los casos, hipótesis cruzadas que se anulan entre sí.
El eje que nadie discute: quién apoya a quién
Más allá del caso vasco, el material dibuja un mapa de alineamientos que conviene ordenar. Se afirma que la extrema derecha italiana, francesa, alemana y húngara están en bloque con Putin, mientras que el PCE se opone oficialmente a la invasión de Ucrania y sus militantes aparecen divididos. La conclusión que se extrae es que el eje izquierda-derecha no explica el fenómeno: Putin no encaja en las divisiones ideológicas clásicas.
Ese diagnóstico choca con otro más simple: que los partidos independentistas vascos y catalanes, los podemitas y los militantes del PCE se alinean con la narrativa rusa, mientras que la derecha conservadora no lo hace. La discrepancia no se resuelve. Lo que queda es una foto de bloques cruzados donde cada cual coloca al adversario en el bando equivocado.
La sombra larga de la Segunda Guerra Mundial
La conversación deriva hacia un terreno más antiguo: el carácter socialista o no del nacionalsocialismo. Una parte defiende que el socialismo exige un proyecto de nivelación de clases —vía fiscalidad o expropiación— y que el fascismo nunca lo aplicó, sino que creó clases privilegiadas fijas y controló al obrero sin darle derechos reales. Se citan ejemplos concretos: bajadas de impuestos y economistas liberales en la Italia de Mussolini, frente a expropiaciones y comunas en los regímenes del socialismo real.
La réplica es una falacia simétrica: si se juzga a los regímenes comunistas por su teoría y a los fascistas por su práctica, la comparación está trucada. Juzgados ambos por su praxis, ninguno sale bien parado. Juzgados ambos por su teoría, los principios del partido nacionalsocialista alemán y el manifiesto fascista italiano tienen poco de socialistas. El intercambio se alarga sin acuerdo y sin que nadie aporte fuentes primarias.
El franquismo como tercer camino
Aparece también la tesis del franquismo como modelo de neutralidad entre bloques, capaz de combinar economía de mercado y justicia social sin caer en el colectivismo ni en el individualismo. Se sostiene que Franco supo captar lo que quería la mayoría del pueblo español y que en la zona industrial vasca muchos emigrantes conocieron por primera vez un sindicato y un convenio colectivo.
La respuesta es un relato familiar concreto: una madre nacida en 1958 que a los once años ya recogía aceitunas en el campo andaluz, hermanos mayores que no pisaron la escuela y un abuelo que casi muere por un problema renal sin medios para tratarlo. La conclusión que se extrae es que las penurias del sur no las creó ni las resolvió el franquismo, sino que venían de antes y siguieron después.
Con estos mimbres, la pregunta inicial —qué tiene que ver el nacionalismo vasco con la OTAN y con Putin— sigue sin respuesta verificable. Lo único claro es que el independentismo vasco ha dejado de ser un actor cómodo para según qué relatos geopolíticos. Y que en Moscú, si alguien lee estas cosas, debe de estar tomando notas con una ceja levantada.