La gentrificación de Málaga: ya no es para el malagueño
Un bar de toda la vida, una panadería, una mercería. Todos han cerrado. En su lugar, una inmobiliaria, un pub irlandés, un kebab. Es la estampa que se repite en cada esquina del centro histórico. Málaga lleva un siglo siendo pobre mientras su costa atraía a millones de turistas. Ahora la riqueza llega, pero no para los locales. La ciudad se convierte en un centro comercial al aire libre, un «centro colonia» que expulsa a sus habitantes.
La paradoja del turismo
El fenómeno tiene dos caras. Por un lado, la inversión extranjera, sobre todo británica, busca sol y lujo. Los precios se disparan y ya se habla de superar a Ibiza. Por otro, los propios vecinos venden sus negocios a precio de oro. Juan vendió la panadería a un inglés para que pusiera una inmobiliaria. Paco vendió el bar para que montaran un pub. Mercedes vendió la mercería y ahora hay un kebab. Todos pegaron pelotazos, pero el resultado es que la ciudad pierde su identidad. Las voces críticas señalan que una economía basada solo en el turismo es frágil: un COVID o una crisis y no queda nada.
El problema no es solo de Málaga
En Madrid y Barcelona llevan al menos 20 años así. La diferencia es que allí ya se ha normalizado. Pero el malagueño ve cómo su barrio se transforma de golpe. Con las elecciones municipales en el horizonte, hay quien espera que la ciudad despierte y vote en otra dirección. Entre tanto, la pregunta queda en el aire: ¿puede una ciudad vivir enteramente del turismo? La espiral de precios apunta a que el malagueño medio ya no puede vivir en su propia ciudad.