Mar Saura y la doble vara de medir de la fama a los 50
La actriz Mar Saura ha vuelto a convertirse en objetivo de la ira digital por una publicación que unos leen como decadencia y otros como simple patetismo. En pocas horas, los reproches acumulan moralina, burla y una sospecha recurrente: que sus exhibiciones son en realidad una forma de prostitución encubierta.
El patrón no es nuevo. Cuando una celebridad femenina deja de ser el centro de atención mediática, sus redes se convierten en un territorio hostil donde se la juzga por partida doble. Hay quien sostiene que, sin esas plataformas, muchas estarían «tiradas en un rincón», y quien prefiere la lectura cínica: lo hacen para fastidiar a sus contemporáneas, a las que la industria ha echado al mismo cajón. La idea de la «guerra entre iguales» recorre los comentarios, como si la autonomía no cupiera en el relato.
Entre tanto ruido aparece también la sospecha económica. Se comenta, sin ninguna prueba, que algunas se dan «poco» a cambio de mucho, y que incluso habría «alguno» dispuesto a pagar por sus servicios. Ese giro no es casual: cuando una mujer mayor muestra su cuerpo, la descalificación preferida sigue siendo reducirlo a mercancía.
La pregunta incómoda es por qué la libertad de una actriz madura se convierte siempre en un frente de batalla. Se le exige dignidad, pero nadie define quién decide qué es digno. Lo que en una joven se aplaude, en ella se castiga como ridículo.
El escarnio tiene una lógica perversa: cuanto más se le reprocha exhibirse, más se la empuja a seguir haciéndolo para demostrar que sigue viva.