Mari Carmen 2: ¿Qué fue del ahorro? (Luis Ventoso en El Debate)

Mari Carmen 2: ¿Qué fue del ahorro? (Luis Ventoso en El Debate)
RESUMEN DEL MENSAJE INICIAL · elaborado con IA

La aspiración de poseer una vivienda, motor del ahorro familiar durante décadas, ha dado paso a una cultura del "disfruta el momento" donde el largo plazo se mide en días. Millones de españoles, marcados por la segunda mitad del siglo XX, crecieron con la idea arraigada de que el sacrificio y el ahorro eran el camino directo hacia la propiedad.

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La aspiración de poseer una vivienda, motor del ahorro familiar durante décadas, ha dado paso a una cultura del "disfruta el momento" donde el largo plazo se mide en días.

El legado del esfuerzo y la propiedad

Millones de españoles, marcados por la segunda mitad del siglo XX, crecieron con la idea arraigada de que el sacrificio y el ahorro eran el camino directo hacia la propiedad. No se trataba de un objetivo abstracto, sino de la meta tangible de adquirir una vivienda, un símbolo de seguridad y progreso. Las historias de emigración, como la de los abuelos del autor en Puerto del Son que se trasladaron a Vigo para prosperar en la pesca, o la de familiares que se enrolaron en barcos coruñeses, ilustran esta mentalidad. Aquellos que se jugaban el tipo en el mar, como el padre del autor, ganaban dinero para invertir en pisos, a menudo varios. Incluso aquellos con menos formación o habilidades destacadas, como el primo apodado Valiente, lograban acumular patrimonio gracias a la fórmula infalible de trabajar y ahorrar. Su mujer, Lela de Windsor, complementaba los ingresos como limpiadora, y juntos, sin ser los más listos, alcanzaron la propiedad de dos pisos. La máxima de la madre del autor, cercana a los noventa, resume esta visión: "Si tienes tu casa, pues ya está. Para comer siempre te vas a apañar". La inseguridad del alquiler era un temor constante, y el sentido atávico de la propiedad, casi sagrado, guiaba las decisiones vitales de esta generación.

La redefinición del "largo plazo"

La concepción del tiempo y el ahorro ha mutado drásticamente. Una encuesta reciente planteó una pregunta aparentemente sencilla: "¿Qué entiende usted por largo plazo?". La respuesta que se impuso, reveladora de un cambio cultural profundo, fue de apenas 90 días. Esto contrasta radicalmente con la percepción de "ocho o diez años" que podría tener una persona de generaciones anteriores. Nos encontramos inmersos en una sociedad del "carpe diem", donde la gratificación instantánea prima sobre la planificación a largo plazo. Este cambio de paradigma se refleja en las dinámicas familiares. La madre del autor, al recordar la compra de dos pisos en la calle Rianxo en A Coruña con el objetivo de alquilarlos, relata cómo tuvieron que venderlos. Las leyes de la época, bajo el régimen de Franco, limitaban la subida de los alquileres, haciendo que la inversión perdiera rentabilidad. Esta experiencia, lejos de ser la de un "fondo buitre" o un "gran tenedor", era la de propietarios que veían mermado el valor de su esfuerzo. La madre, ahora, al comentar el caso de Mari Carmen, expresa una opinión contundente: "Lo que no puede ser es querer convertirte en propietaria de la propiedad de los demás".

El contraste generacional y la realidad económica

La comparación entre las generaciones pasadas y la actual, en términos de capacidad de ahorro y acceso a la propiedad, es compleja y a menudo simplificada. Si bien es cierto que la mentalidad ha virado hacia el disfrute inmediato, también hay factores económicos objetivos que dificultan el ahorro para muchos. Los salarios actuales, en comparación con los de décadas pasadas, a menudo no permiten el mismo nivel de sacrificio. Además, muchos gastos que antes se consideraban suntuarios, hoy son prácticamente obligatorios para mantener un nivel de vida aceptable. La disparidad entre los salarios y el estratosférico aumento de los precios de la vivienda, especialmente en comparación con los salarios de las generaciones más jóvenes, es un obstáculo considerable. Las comparaciones directas con los años 60 o incluso hasta 1995 pueden ser engañosas, ya que la estructura económica y social ha experimentado transformaciones significativas. La aspiración de la propiedad, que antes se lograba con esfuerzo y sacrificio, hoy se enfrenta a un panorama de desafíos económicos y una cultura que prioriza la experiencia presente.

Datos clave
  • 90 días: la percepción actual de "largo plazo".
  • Propiedad de vivienda: el objetivo principal del ahorro para generaciones pasadas.
  • Ahorro y sacrificio: la fórmula tradicional para alcanzar metas financieras.
  • "Carpe diem": la mentalidad predominante en la sociedad actual.
  • Luis Ventoso: autor del artículo en El Debate.
Resumen generado con inteligencia artificial a partir del primer mensaje del tema.

Eric Finch

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Mari Carmen 2: ¿Qué fue del ahorro?​

25/09/2026

Luis Ventoso-El Debate
  • Nuestros padres y abuelos vivían con la idea de que había que sacrificarse y ahorrar para comprarse un piso, ahora se lleva más el ‘carpe diem’ y el lamento
Una amplia encuesta ha planteado una pregunta muy sencilla: «¿Qué entiende usted por largo plazo?». Si me preguntasen, diría que unos ocho o diez años. Pues bien, la contestación que se impuso fue que largo plazo son hoy 90 días. Vivimos en la sociedad del carpe diem, del disfruta del momento, de la búsqueda de la gratificación instantánea. Pero no siempre fue así.

Millones de españoles nacidos en la segunda mitad del siglo XX nos criamos en un mundo donde todavía se asumían sacrificios en nombre de objetivos a largo plazo (el de verdad, no el de 90 días).

Cada uno habla de lo que conoce y ha mamado. Mi familia paterna salió de Puerto del Son. Es un pueblo marinero con carácter y encanto y unas playas inacabables, desde donde se divisa una puesta de sol memorable a la sombra del Monte Louro, al otro lado de la ría. Pero el futuro no pasaba por allí, así que mis abuelos emigraron a Vigo. Tras titularse en la Escuela de Náutica, mi padre empezó a navegar en Bouzas como patrón de pesca y poco después lo fichó un armador consolidado de La Coruña. El joven patrón resultó un fenómeno de lo suyo, ganó mucho dinero jugándose el tipo en Gran Sol y él mismo acabaría convirtiéndose en armador. A rebufo de su éxito, una docena de familiares emigraron a enrolarse en barcos coruñeses. Los había de todo tipo: inteligentes y currantes, ni fu ni fa, dispersos… Pues bien, todos acabaron siendo propietarios de pisos, algunos en plural.

Entre aquellos labradores de la mar figuraba un primo segundo enjuto, pequeño y nervioso, apodado Valiente por su arrojo temerario en las maniobras de cubierta. No era exactamente un lince, sino más bien todo lo contrario. En una ocasión, en una noche cerrada en el muelle, para indicar el punto de atraque a un barco que se acercaba no se le ocurrió idea mejor que ponerse a hacerle señales con un paño oscuro. Otras veces aseguraba haber asistido al portento de una gallina resucitada tras cortarle el gaznate por error: «Al darse cuenta de la equivocación, le pegaron el pescuezo rápido con un esparadrapo y siguió andando tan latin», relataba convencido. Su mujer, a la que apodábamos Lela de Windsor por su notorio parecido con Isabel II de Inglaterra, trabajaba como limpiadora. Padres de un descendiente, carecían de formación y no eran los más preparados del mundo. Pues bien, cuando se retiraron tenían dos pisos de su propiedad. ¿Cómo lograron semejante milagro? La fórmula es sencilla: trabajando y ahorrando.

Mi progenitora, rumbo a los noventa, al ir sumando años repite cada vez más sus máximas favoritas. Una que no perdona es aquella que reza que en la vida lo más importante es comprarse un piso. «Si tienes tu casa, pues ya está. Para comer siempre te vas a apañar con unas parrochas, un poco de raxo o unas albóndigas». Acto seguido, jamás falta un lamento sobre alguna conocida de su quinta que vive de alquiler: «Ay, qué peniña; de alquiler estás vendido, es una inseguridad».

Los gallegos de aquellas generaciones, tal vez como herencia del minifundismo, poseían un sentido atávico de la propiedad, que consideraban sagrada, intocable. Eran instintivamente liberales, alérgicos a veleidades comunistoides. Miles y miles emigraron para intentar prosperar, para «hacer un petiño». Miles se esforzaron para que sus descendientes subiesen al ascensor social y accediesen a unos estudios que ellos no habían disfrutado. Lo mismo ocurrió en el resto de España con toda la gente de la llamada Generación de Pana, la que puso en marcha este país.

Telefoneo a mi progenitora y comentamos lo del desahucio de Mari Carmen, al que TVE dedica casi 20 minutos en sus Telediarios (el doble que a los 24 años de cárcel de Ábalos o a la condena del hermano del presidente). Me cuenta desde su sofá de La Coruña otra de sus historias: «Cuando vosotros erais niños, compramos dos pisos para alquilar aquí al lado, en la calle Rianxo. Una inversión. Los acabamos vendiendo, porque te pagaban dos pesetas y las leyes de Franco no te dejaban subir el alquiler. Al cabo de un tiempo vimos que estábamos haciendo el […]. Nos había costado mucho trabajo comprarlos y estábamos perdiendo el dinero». Mis padres no eran ningún «fondo buitre», ni ningún «gran tenedor». La suya era la mirada de un propietario que se había hecho con un bien con su esfuerzo.

Cuando sonó el teléfono, mi progenitora estaba viendo la tele antes de bajar al café con sus amigas (¡menuda panda tienen las abuelas, no paran!). En varias cadenas seguían con el maratón sobre la pobre Mari Carmen. Le pregunto qué opina: «La señora me da pena, claro. Pero lo que no puede ser es querer convertirte en propietaria de la propiedad de los demás». Lo ha clavado.

Nota del machaca copiapega: No hablaré de falacia pero sí de error recurrente. Eso de comparar las Españas de hace unos años y de ahora se puede hacer desde unos conocimientos muy mermados de economía y sociedad españolas.

Los sueldos de ahora dan para mucho menos que los de antes; muchos gastos suntuarios son casi obligatorios; si reducimos nuestro nivel de vida al de los años 60, el 99% del comercio cierra por quiebra ante la falta de clientes; los precios de la bivienda se han disparado estratosféricamente, sobre todo en comparación con los menguados salarios.

Vamos: que esas comparaciones habrían valido hasta, como mucho, 1995, pero a partir de entonces comienzan a fallar por todas partes.
 

Mari Carmen 2: ¿Qué fue del ahorro?​

25/09/2026

Luis Ventoso-El Debate
  • Nuestros padres y abuelos vivían con la idea de que había que sacrificarse y ahorrar para comprarse un piso, ahora se lleva más el ‘carpe diem’ y el lamento
Una amplia encuesta ha planteado una pregunta muy sencilla: «¿Qué entiende usted por largo plazo?». Si me preguntasen, diría que unos ocho o diez años. Pues bien, la contestación que se impuso fue que largo plazo son hoy 90 días. Vivimos en la sociedad del carpe diem, del disfruta del momento, de la búsqueda de la gratificación instantánea. Pero no siempre fue así.

Millones de españoles nacidos en la segunda mitad del siglo XX nos criamos en un mundo donde todavía se asumían sacrificios en nombre de objetivos a largo plazo (el de verdad, no el de 90 días).

Cada uno habla de lo que conoce y ha mamado. Mi familia paterna salió de Puerto del Son. Es un pueblo marinero con carácter y encanto y unas playas inacabables, desde donde se divisa una puesta de sol memorable a la sombra del Monte Louro, al otro lado de la ría. Pero el futuro no pasaba por allí, así que mis abuelos emigraron a Vigo. Tras titularse en la Escuela de Náutica, mi padre empezó a navegar en Bouzas como patrón de pesca y poco después lo fichó un armador consolidado de La Coruña. El joven patrón resultó un fenómeno de lo suyo, ganó mucho dinero jugándose el tipo en Gran Sol y él mismo acabaría convirtiéndose en armador. A rebufo de su éxito, una docena de familiares emigraron a enrolarse en barcos coruñeses. Los había de todo tipo: inteligentes y currantes, ni fu ni fa, dispersos… Pues bien, todos acabaron siendo propietarios de pisos, algunos en plural.

Entre aquellos labradores de la mar figuraba un primo segundo enjuto, pequeño y nervioso, apodado Valiente por su arrojo temerario en las maniobras de cubierta. No era exactamente un lince, sino más bien todo lo contrario. En una ocasión, en una noche cerrada en el muelle, para indicar el punto de atraque a un barco que se acercaba no se le ocurrió idea mejor que ponerse a hacerle señales con un paño oscuro. Otras veces aseguraba haber asistido al portento de una gallina resucitada tras cortarle el gaznate por error: «Al darse cuenta de la equivocación, le pegaron el pescuezo rápido con un esparadrapo y siguió andando tan latin», relataba convencido. Su mujer, a la que apodábamos Lela de Windsor por su notorio parecido con Isabel II de Inglaterra, trabajaba como limpiadora. Padres de un descendiente, carecían de formación y no eran los más preparados del mundo. Pues bien, cuando se retiraron tenían dos pisos de su propiedad. ¿Cómo lograron semejante milagro? La fórmula es sencilla: trabajando y ahorrando.

Mi progenitora, rumbo a los noventa, al ir sumando años repite cada vez más sus máximas favoritas. Una que no perdona es aquella que reza que en la vida lo más importante es comprarse un piso. «Si tienes tu casa, pues ya está. Para comer siempre te vas a apañar con unas parrochas, un poco de raxo o unas albóndigas». Acto seguido, jamás falta un lamento sobre alguna conocida de su quinta que vive de alquiler: «Ay, qué peniña; de alquiler estás vendido, es una inseguridad».

Los gallegos de aquellas generaciones, tal vez como herencia del minifundismo, poseían un sentido atávico de la propiedad, que consideraban sagrada, intocable. Eran instintivamente liberales, alérgicos a veleidades comunistoides. Miles y miles emigraron para intentar prosperar, para «hacer un petiño». Miles se esforzaron para que sus descendientes subiesen al ascensor social y accediesen a unos estudios que ellos no habían disfrutado. Lo mismo ocurrió en el resto de España con toda la gente de la llamada Generación de Pana, la que puso en marcha este país.

Telefoneo a mi progenitora y comentamos lo del desahucio de Mari Carmen, al que TVE dedica casi 20 minutos en sus Telediarios (el doble que a los 24 años de cárcel de Ábalos o a la condena del hermano del presidente). Me cuenta desde su sofá de La Coruña otra de sus historias: «Cuando vosotros erais niños, compramos dos pisos para alquilar aquí al lado, en la calle Rianxo. Una inversión. Los acabamos vendiendo, porque te pagaban dos pesetas y las leyes de Franco no te dejaban subir el alquiler. Al cabo de un tiempo vimos que estábamos haciendo el […]. Nos había costado mucho trabajo comprarlos y estábamos perdiendo el dinero». Mis padres no eran ningún «fondo buitre», ni ningún «gran tenedor». La suya era la mirada de un propietario que se había hecho con un bien con su esfuerzo.

Cuando sonó el teléfono, mi progenitora estaba viendo la tele antes de bajar al café con sus amigas (¡menuda panda tienen las abuelas, no paran!). En varias cadenas seguían con el maratón sobre la pobre Mari Carmen. Le pregunto qué opina: «La señora me da pena, claro. Pero lo que no puede ser es querer convertirte en propietaria de la propiedad de los demás». Lo ha clavado.

Nota del machaca copiapega: No hablaré de falacia pero sí de error recurrente. Eso de comparar las Españas de hace unos años y de ahora se puede hacer desde unos conocimientos muy mermados de economía y sociedad españolas.

Los sueldos de ahora dan para mucho menos que los de antes; muchos gastos suntuarios son casi obligatorios; si reducimos nuestro nivel de vida al de los años 60, el 99% del comercio cierra por quiebra ante la falta de clientes; los precios de la bivienda se han disparado estratosféricamente, sobre todo en comparación con los menguados salarios.

Vamos: que esas comparaciones habrían valido hasta, como mucho, 1995, pero a partir de entonces comienzan a fallar por todas partes.
 
 

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