El 54,2% de las marroquíes legales en Cataluña está en paro
¿Cuántas de las mujeres marroquíes establecidas de forma regular en Cataluña tienen un empleo? Según los datos del Instituto Nacional de Estadística extraídos del Censo de Población y Vivienda, menos de la mitad. El
54,2% está en paro, lo que convierte a este colectivo en el más castigado por el desempleo de toda la comunidad autónoma. La cifra no es un caso aislado: las mujeres procedentes de Pakistán registran un 39,5%, las de Rumanía un 25,1%, las de Colombia un 20,4% y las de Ecuador un 19,1%. En todos los casos, muy por encima de sus homólogos masculinos.
El dato, publicado por
gaceta.es, dibuja una brecha de género que se agrava según el país de origen. Los hombres marroquíes también lideran el desempleo con un
27,1%, pero la distancia con las mujeres de su misma nacionalidad es de 27 puntos. Por abajo, los colectivos con mejor inserción laboral son los nacidos en China (6,3% en mujeres y 4,5% en hombres), Estados Unidos (7,9% y 6,8%) y Reino Unido (8,2% y 7,3%). Los nacidos en Cataluña se sitúan en un 11,7% para ellas y un 9,3% para ellos.
Qué dicen los datos del INE sobre el paro de las mujeres marroquíes
La estadística oficial mide el paro registrado, no la actividad real. Esa es la primera grieta que aparece al leerla con lupa. Una parte del análisis sostiene que el
54,2% solo refleja a quienes están inscritas como demandantes, y que muchas de las que no aparecen en la lista ni trabajan ni cotizan. Hay quien sostiene, a partir de la afiliación a la Seguridad Social, que el porcentaje real de mujeres marroquíes que aportan cotizaciones podría ser
muy inferior al que sugiere el censo.
El propio informe reconoce que la población inmigrante, en términos generales, se enfrenta a más dificultades para acceder al mercado laboral que la autóctona. Pero la brecha no se reparte por igual. Los datos muestran que
la desigualdad no depende solo del origen, sino del género: en casi todas las nacionalidades, la tasa femenina duplica o triplica la masculina. Marruecos, Pakistán, Rumanía, Colombia y Ecuador repiten el patrón.
Hay quien lee estas cifras como una consecuencia de la estructura familiar y cultural de determinados colectivos. Se argumenta que en muchos hogares la mujer se queda en casa cuidando de los hijos, a menudo varios, y que eso desincentiva la búsqueda activa de empleo. Otros análisis apuntan a la economía sumergida: trabajos sin contrato, cuidados no declarados, pequeños comercios que no figuran en las estadísticas. La consecuencia es la misma:
el dato oficial retrata solo una parte del fenómeno.
¿De qué viven las familias que no trabajan?
La pregunta recorre el debate de arriba abajo. Si más de la mitad no tiene empleo, ¿cómo se sostienen esas unidades familiares? Las respuestas que se cruzan en la conversación van desde las ayudas sociales hasta la vivienda cedida por servicios sociales, pasando por el
trabajo no declarado del cabeza de familia. Se menciona el comedor escolar financiado, la tarjeta sanitaria, las pagas por hijo y el acceso a vivienda pública o a pisos ocupados.
El cálculo completo, desglosado partida a partida, da una diferencia que sorprende a quien lo lee por primera vez. No es solo una cuestión de ingresos: es la combinación de
prestaciones, bonificaciones y economías sumergidas la que permite sostener a familias numerosas con un solo sueldo, a menudo irregular. Ese es el argumento que más se repite entre quienes consideran que el sistema genera incentivos perversos.
Frente a esa lectura, otra corriente recuerda que la tasa de paro de los nacidos en Cataluña también es elevada (11,7% en mujeres) y que el problema no es exclusivo de la población migrante. La diferencia es de grado, no de naturaleza. El mercado laboral español arrastra un
paro estructural que castiga especialmente a los perfiles con menos cualificación, sean de donde sean.
La brecha de género en el empleo inmigrante
El dato más llamativo no es el 54,2%, sino la distancia entre hombres y mujeres dentro del mismo colectivo. Los marroquíes registran un 27,1% de paro; las marroquíes, un 54,2%.
El doble. En Pakistán ocurre algo similar, aunque con cifras menores. En Rumanía, Colombia y Ecuador la brecha se repite, más estrecha pero constante.
Esa asimetría tiene explicaciones que se cruzan. Por un lado, la incorporación tardía de la mujer al mercado laboral en determinadas culturas de origen. Por otro, la falta de red de apoyo para el cuidado de los hijos, que recae casi siempre en ellas. Y por debajo, un factor que rara vez se nombra:
la discriminación estadística de los empleadores, que penalizan la contratación de mujeres jóvenes con cargas familiares.
El resultado es un colectivo, el de las mujeres marroquíes, que acumula dos desventajas: ser inmigrante y ser mujer. La estadística lo deja claro. La interpretación, no tanto.
Los colectivos con menos paro: China, Estados Unidos y Reino Unido
En el extremo opuesto, los nacidos en China presentan las tasas más bajas:
6,3% en mujeres y 4,5% en hombres. Les siguen Estados Unidos (7,9% y 6,8%) y Reino Unido (8,2% y 7,3%). Son colectivos con perfiles laborales muy distintos: comercio propio, tecnología, enseñanza de idiomas, sectores con alta demanda y redes de apoyo consolidadas.
La comparación invita a una conclusión incómoda: no es la condición de inmigrante lo que determina el paro, sino el
capital humano, la red social y el sector de inserción. Los chinos que llegan lo hacen, en muchos casos, con un proyecto empresarial familiar. Los marroquíes, con menos recursos y más barreras administrativas.
Con estos mimbres, la estadística oficial retrata un problema que no se arregla con un titular. El 54,2% de las marroquíes legales en Cataluña no trabaja. O no lo declara. La diferencia entre ambas cosas es, precisamente, la que nadie ha medido todavía.