¿Para qué sirvió aprender raíces cuadradas y derivadas?
¿Sirve para algo estudiar raíces cuadradas, logaritmos, matrices o integrales? La pregunta, que cualquiera se ha hecho alguna vez cerrando un libro de texto, tiene respuestas para todos los gustos: desde quien sostiene que las matemáticas son la base de todo el conocimiento hasta quien asegura que con sumar, restar, multiplicar y dividir va sobrado para toda una vida. Entre medias, un puñado de testimonios que coinciden en algo incómodo: lo que se enseña y lo que se usa rara vez coinciden.
El punto de partida es una queja sin filtros: un forero sostiene que el tiempo pasado en el colegio, el instituto y la universidad es una pérdida de tiempo. A partir de ahí, el asunto se abre en varias direcciones que no siempre se contradicen.
La utilidad real de las matemáticas en el trabajo
Hay quien defiende que las matemáticas son, precisamente, lo único útil que se enseña en el colegio. Un programador con once años de experiencia lo tiene claro: la lógica que da la formación matemática es la que le permite ganarse bien la vida. Otros mencionan la trigonometría, las medias cuadráticas, las cartas de navegación o las entrevistas de trabajo con derivadas e integrales. Incluso quien reconoce que aprobó con sobresalientes admite que aquello no le sirvió para nada y que a veces le engañan al darle el cambio.
La brecha entre lo aprendido y lo aplicado no es un detalle menor. Para unos, la formación matemática construye un cerebro lógico. Para otros, es un filtro que se aprueba y se olvida.
La criba: cuando aprobar era lo de menos
Una de las acusaciones más repetidas es que las matemáticas escolares funcionaban como mecanismo de selección. Un participante recuerda que las ecuaciones a los 13 o 14 años servían para mandar a formación profesional o al mercado laboral a quien suspendía. Las derivadas e integrales a los 16 acababan de echar a los que se habían colado y mandaban a las chicas a letras. Si un alumno aprobaba con clases particulares, algunos profesores se enfadaban porque los niños pobres no tienen ese recurso. Aprender o no aprender era lo de menos: se trataba de que la criba fuera justa e igualitaria.
El otro reproche es la falta de explicación. Un participante recuerda que el primer día de clase se vendía que las matemáticas eran pura lógica, pensamiento crítico y criterio propio. A la semana, la respuesta a por qué negativo por negativo es positivo era «lo digo yo y es lo que viene en el libro». Sin demostración, sin ejemplo y sin preguntas impertinentes.
Lo que se enseña y lo que se necesita para vivir
Un testimonio resume la paradoja: con 40 años, nunca ha necesitado raíces cuadradas, logaritmos ni matrices. Con sumar, restar, multiplicar, dividir y las potencias hasta el cubo ha cubierto todo. La regla de tres es lo más avanzado que hace falta para desenvolverse. Y ante cualquier duda, calculadora o asistente de inteligencia artificial.
Frente a eso, hay quien recuerda que el interés compuesto se representa con una ecuación y que los logaritmos neperianos sirven para calcular cuánto tarda una inversión en alcanzar un capital o en amortizarse. Un participante sostiene que la gente no sepa matemáticas es lo que hace que se repita la idea de que subir de tramo en el IRPF implica perder dinero.
El sistema de castas y el título como objetivo
La conversación deriva hacia algo más grande: un participante afirma que cada vez importa más a qué colegio vas y con quién te relacionas que tu propio esfuerzo. Se habla abiertamente de un sistema de castas a la india. Y se apunta una tesis incómoda: en España, la mayoría de los buenos empleos pasan por la memoria —oposiciones, sanidad, derecho— antes que por el conocimiento lógico y abstracto, que te enfrenta a competir por empleos globalizados.
El resultado, según otro participante, es una educación formal pragmática: el objetivo es el título, no entender. Se pone lo que digan y se aprueba para acceder a mejores trabajos y salarios.
La evolución de la conversación
El arranque fue una queja sobre la pérdida de tiempo. Después llegaron los usos concretos: programación, trigonometría, entrevistas. Más tarde, la acusación de criba y de falta de demostraciones. Al final, el foco se movió al sistema: castas, títulos, memoria y empleo. La pregunta inicial —¿sirve para algo?— quedó sin respuesta única. Como casi todo lo que se aprende a los trece años.
¿Y si la respuesta fuera que sirve para lo que cada uno decide que sirva, y el problema es que nadie te lo dijo a tiempo?