Francia se blinda ante los cuartos del Mundial: el coste de la convivencia
El partido de cuartos de final entre Francia y Marruecos ha desatado un despliegue policial masivo en París y otras grandes ciudades. El temor a disturbios como los que dejaron 780 detenidos y 200 heridos tras la final de la Champions del PSG en mayo ha llevado al cierre de cuatro estaciones de metro en los Campos Elíseos y al refuerzo de la vigilancia en las zonas de aficionados. Pero el coste económico de esta noche va más allá de las horas extra de los agentes.
Los comercios se preparan para lo peor. Tiendas de móviles, relojerías de lujo y joyerías prevén saqueos, mientras que los cristaleros ya se frotan las manos con la reparación de escaparates. Algunos comerciantes han optado por no abrir, asumiendo la pérdida de ingresos como seguro ante el caos. No es para menos: los precedentes indican que el postpartido puede ser más destructivo que el propio encuentro.
Detrás de la alerta policial subyace una lectura incómoda. La frase de las autoridades francesas —«que se reflejen los años de convivencia»— suena a ironía cuando la realidad sobre el terreno es otra. Hay quien sostiene que los disturbios, independientemente del resultado, evidencian el fracaso de la integración en las banlieues. Otros apuntan a que la tensión es cíclica y se alimenta de décadas de desigualdad estructural y marginación económica. El dato es que, gane quien gane, la factura la pagan los contribuyentes y los pequeños negocios.
Mientras se espera un arbitraje polémico —algunos vaticinan un penalti inexistente y un VAR caprichoso—, la noche se presenta larga. Como resumen cáustico, más de uno preferiría ver arder Francia antes que sufrir otra noche de disturbios. El problema es que el fuego, esta vez, amenaza con quemar el relato oficial de una convivencia que ya nadie da por hecha.