Diez años sin pisar la arena: el regreso a la playa acaba en hastío
Llevaba diez años sin ir a la costa valenciana. La vuelta al Mediterráneo se salda con una certeza: la playa aburre. No es una cuestión de clima ni de perfil. Es el conjunto: precios de resort, temperaturas infernales y una oferta de ocio que se limita a imitar a una foca. El verano español mantiene el ritual de la toalla, pero cada año hay más dudas sobre si el juego compensa.
El argumentario de los decepcionados se basa en tres pilares. Primero, el coste. La sombrilla, el chiringuito, el aparcamiento y la comida componen una factura que ya no se corresponde con el disfrute obtenido. Segundo, el calor: a 33 grados, la arena quema y el baño se convierte en un trámite. Tercero, el tedio. Sin acceso a deportes náuticos ni ganas de hacer castillos de arena, la tarde se estira como un chicle.
La masificación agota el paraíso
Las playas urbanas de la costa mediterránea son el epicentro del problema. Llenas de familias con sombrillas hasta donde alcanza la vista, con la música de un altavoz y el griterío de las criaturas, el ambiente se parece más a un campo de refugiados de lujo que a un destino vacacional. La sensación de agobio se multiplica en agosto, cuando la exclusividad brilla por su ausencia. Hay quien recuerda que hace menos de una década las playas mostraban una población más joven y menos invasiva. Ahora, el móvil y la reducción demográfica se notan.
El aburrimiento como síntoma del turismo de masas
El problema no es la playa, sino el modelo turístico. Las calas recónditas, a las que solo se llega a pie o en barco, todavía ofrecen una experiencia placentera. Pero el turista medio se ve arrastrado a la arena saturada, donde el aburrimiento está garantizado. La comparación con el Cantábrico aparece una y otra vez: la costa norte, con su verdor y su oleaje, se convierte en refugio para los que huyen del «caldo» mediterráneo. Sin embargo, ese refugio exige tiempo, dinero y conocimiento de la zona.
La nostalgia del verano de los 90
La queja no es nueva, pero la añoranza se afila. Quienes vivieron los veranos de los 90 recuerdan una playa casi vacía, donde el descubrimiento estaba a la vuelta de la esquina. Ahora, la experiencia se ha mercantilizado. Hasta el puesto de helados parece diseñado por un algoritmo. Los más cínicos señalan que el paraíso nunca existió, que la infancia lo embellecía todo. Aun así, la sensación de pérdida es real.
La contracorriente: hay vida más allá de la toalla
No todo son lamentos. Una corriente de opinión sostiene que el aburrimiento es culpa del bañista, no del escenario. Basta con meterse al agua con gafas y tubo, nadar hasta la boya, o alquilar un paddle surf para revertir la situación. El paseo por la orilla al atardecer, con la luz dorada, sigue siendo gratis y funciona. Según esta lectura, la playa es un lienzo: quien sabe mirarla nunca se hastía. De hecho, hay quien va dos veces al día, a las diez de la mañana y a las diez de la noche, para esquivar el calor y la multitud. Y no falta el propietario de un piso a 300 metros del mar que reconoce que no aguanta más de dos horas sentado en la arena.
Pero la realidad del veraneante medio es toalla, crema solar y un libro que no avanza. La pregunta que queda flotando: si la playa es tan decepcionante, ¿por qué seguimos llenándola hasta los topes?