Menos de una hora de playa y ya se busca la salida
Playa de Suances, Cantabria. Un bañista lleva allí menos de sesenta minutos y ya lo tiene claro: no le encuentra la gracia. El agua está más fría de lo que esperaba, hay más gente de la prevista y se consuela con los auriculares que se ha traído.
No entiendo qué hay de bueno en hacer el paripe en la playa, resume el propio bañista. La anécdota es minúscula; la pregunta que deja abierta no lo es. ¿Cuánto aguanta de verdad un adulto tumbado en la arena antes de querer volver a casa?
¿Cuánto tiempo se aguanta al sol en la playa?
Hay quien lo plantea así:
media hora para coger un poco de color, un café en el bar y a casa. Quien lo defiende asegura que así mantiene el moreno casi todo el año, que nunca pasa de
una hora al sol —sin crema, dice, y sin quemarse— y que una piscina propia resuelve el trámite con menos molestias que la arena. Frente a esa
economía del mínimo esfuerzo, ese mismo usuario sostiene que las mujeres aguantan quietas
cinco horas para volver
morenas; es su opinión, no un dato.
La playa como reparto de tareas
Un participante sostiene que la playa es cosa de niños y de abuelos, y que para los hombres resulta un aburrimiento insoportable. No hay encuesta detrás, pero encaja con la escena: arena llena a mediodía, dos baños en el Cantábrico y bañistas que ya se van a comer. Ni el cielo ayuda. Uno de los presentes contó
tres aviones sobrevolando la playa y los atribuyó a supuestas estelas químicas, una afirmación que no respalda con ninguna prueba.
El caso que descoloca
Y luego está el detalle que rompe el marco. Hubo un tiempo en que alguien vivió en Comillas con la playa al lado de casa y no la pisó en
dos años. Ninguna queja, ninguna trampa. Indiferencia pura. El aburrimiento, al menos, es una reacción.