La ruta al Cono Sur para huir de una guerra nuclear
Salir hacia Cádiz o Algeciras, cruzar a Ceuta —un viaje corto y en teoría sin riesgos— y, ya en tierra firme africana, buscarse la vida hacia el sur hasta Dakar para sobornar a un pesquero que cruce el Atlántico con escala en Cabo Verde. Destino final: el norte de Brasil y, desde ahí, cuanto más al sur mejor. Es el esqueleto de un plan de huida que resume la lógica que domina el planteamiento: reducir al mínimo el tiempo en el mar y alejarse todo lo posible del escenario del conflicto. La premisa de partida es que los aviones directos estarán bloqueados, los espacios aéreos cerrados y los barcos,
cotizados.
¿Por qué la salida por mar y no un vuelo directo?
El punto de partida no es casual. Las rutas marítimas comerciales hacia el hemisferio sur escasean, de modo que quien dibuja el escenario asume que habrá que improvisar con pesqueros y embarcaciones recreativas. La provincia de Alicante aparece como ejemplo: es el puerto del ferry a Argelia y concentra mucho barco pesquero y de recreo, lo que abriría la puerta a alcanzar Orán. Desde ahí, baraja ir hacia el oeste, buscando la costa atlántica.
El plan se construye por tramos y con una regla fija: permanecer en el mar el menor tiempo posible. Primero un salto corto a África, luego la costa hacia el sur y solo después la travesía larga. Nada de cruzar el Atlántico de un tirón si se puede trocear el viaje.
¿Por qué la Patagonia se repite como destino final?
La respuesta más repetida apunta a la zona más austral de Argentina o Chile.
San Carlos de Bariloche aparece citado como lugar remoto, seguro y de habla hispana, con el añadido, según un participante, de que en la Patagonia llevan años preparándose asentamientos por si llega el escenario atómico. Neuquén suma argumentos: está a varios cientos de metros sobre el nivel del mar, no tiene centrales nucleares cerca y genera su energía por agua, viento o petróleo.
La vertiente chilena en la misma latitud se describe como un paisaje de bosques y lagos pequeños, más atractivo que la estepa argentina. Y al lado, un argumento económico: la zona alberga
Vaca Muerta, una de las mayores reservas de shale oil y gas. La distancia, en cualquier caso, es el factor que lo decide todo.
¿Cuánto tiempo habría para escapar antes del cierre?
Aquí el análisis se pone serio. La advertencia más repetida es que estos planes hay que ejecutarlos
antes de que estalle el conflicto, no después. Si cae un pepinazo, el espacio aéreo se cierra, entra la ley marcial y no dejan moverse a nadie. «Si hay una guerra nuclear más te vale que te coja ya en el destino en el que la quieras pasar», resume un planteamiento que circula.
La presión sobre la demanda también se discute. En una ciudad en pánico, la demanda de billetes sería brutal y las carreteras, un descontrol. Y un riesgo añadido: la gente se vuelve peligrosa en modo supervivencia. Los primeros días de una pandemia, con supermercados desbordados, se usan como ensayo a pequeña escala de lo que podría venir.
¿Hay refugios fuera del Cono Sur?
Hay quien no cree que ningún rincón del mundo quede al margen, y quien sostiene que los países no involucrados aprovecharían el desorden para ajustar cuentas históricas, solapando conflictos. Entre las alternativas que se barajan, dos islas. La
isla de Wrangel, al norte de Siberia oriental, se presenta con un microclima que la deja varios grados por encima del entorno siberiano —de -20 a -30 en invierno y hasta 10 en verano— y con caza y pesca abundantes, aunque con osos polares gigantescos. La segunda opción que se menciona es Islandia, con invernaderos alimentados por energía geotérmica.
En el plano doméstico se proponen alternativas más modestas: comprar una propiedad aislada en Galicia, Extremadura o Murcia, con electricidad y un pozo, y echar mano de manuales de permacultura y de supervivencia escritos por quienes vivieron ciudades sitiadas. O directamente las cuevas de Kuartango, en Álava, con
65 kilómetros de galerías y agua dulce subterránea.
¿Huir o quedarse a defender el terreno?
No todo el planteamiento es logístico. Una corriente sostiene que huir es de cobardes y que lo que toca es alistarse para defender el continente. La respuesta llega rápida: huir es de inteligente, porque quienes deciden no enviarán a sus hijos al frente. Entre medias queda la postura más cínica, la de quien prefiere ver el espectáculo con una copa en la mano.
El relato oficial del refugio seguro tampoco sale bien parado. Varias voces recuerdan que hay puntos del mapa español —bases y puertos estratégicos del sur— que serían objetivo prioritario, no refugio.
El dato que descoloca
El plan más repetido —esperar el primer pepinazo y entonces ponerse en marcha— choca con un detalle logístico que casi nadie discute. Cuando el espacio aéreo se cierre y el Estado pierda el control de la calle, ya no habrá billete, ni barco, ni carretera. El único consenso real es el más incómodo: quien quiera estar en el Cono Sur, más le vale estar ya allí antes de que empiece la cuenta atrás.