Vivir a lo ermitaño: sin licencia no hay caza ni comida fácil
Dejar la ciudad, instalarse lejos de todo, comer de lo que se cace, se pesque o se recoja y mantener internet para no perder el hilo del mundo. El plan se plantea con cuatro condiciones: evitar robos, evitar fauna peligrosa —adiós a las junglas—, poder nadar y no gastar muchas horas al día en alimentarse. Las tres primeras se negocian. La cuarta es donde todo se desmorona.
El punto de partida es económico. Con unos ahorros pequeños en el banco no se compra nada en Occidente, así que la alternativa es alquilar, acampar o directamente ocupar. Y la pregunta que cierra el mensaje inicial —qué víveres de la civilización pesan menos y alimentan más— se queda sin una sola respuesta concreta después de más de siete años de conversación.
¿Se puede cazar y pescar para comer sin licencia?
No. O no de forma sostenida.
La caza y la pesca exigen licencia, y quien intenta vivir de ellas sin permiso acaba teniendo un problema con el Seprona o con el pueblo más cercano antes o después. La pesca de subsistencia se tolera unos días, pero como fuente estable de proteína implica pagar permisos, y eso convierte la autosuficiencia en un gasto fijo más.
El matiz importa: no es lo mismo una caña en un embalse que una dieta basada en el río. Hay quien apunta que en España la única vía realista pasa por el litoral o los grandes embalses, y eso deja al aspirante a ermitaño cerca de núcleos de población, justo lo que quería evitar.
El pueblo abandonado no regala nada
El imaginario del caserío vacío y sin dueño tiene poco recorrido.
Soria, Cuenca y Teruel concentran aldeas semivacías, y en Galicia, Asturias o el norte de Extremadura aparecen casas viejas con algo de finca por precios cercanos a los de un coche. Todas necesitan obra.
La letra pequeña es la que hunde el plan. La vivienda prefabricada no se puede plantar en cualquier sitio: cada comunidad autónoma regula su suelo, y en Galicia, por ejemplo, no está permitido ubicar ese tipo de casas en terreno rústico, solo en edificable y con licencia previa.
Hay casos de propietarios obligados a retirarlas tras fiarse de lo que les contó el vendedor.
Patagonia: dos millones de kilómetros cuadrados y 1,2 habitantes por km²
La propuesta geográfica más repetida es el sur argentino.
Casi 2.000.000 km² —tres Españas— con una densidad de 1,2 habitantes por km². Arroyos para pescar sin público, vegetación con frutos en verano, estancias de 100.000 hectáreas donde nadie va a contar las piezas cobradas. El límite aconsejado es no bajar del paralelo 42 si se quiere esquivar un invierno hostil.
El escenario tiene su propia letra pequeña: quien llega sin medios a países de renta baja queda expuesto a sobreprecios, a presión administrativa y a la sospecha permanente. Se apuntan también destinos del sudeste asiático con coste de vida ridículo y zonas aún poco exploradas, aunque eso ya no es ermitañismo, es turismo de larga estancia.
Del impago de multas a la cárcel: el debate jurídico que se encona
Aquí la conversación se parte en dos. Una corriente sostiene que
las multas administrativas impagadas pueden acabar en privación de libertad, con condenas que oscilan entre los 2 y los 4 meses y un máximo de un año, y cita encuentros de derecho penal —Zaragoza 2014, Pamplona 2015— donde se pidió derivar esos casos a centros de inserción social.
La otra corriente lo niega para el caso concreto:
no se va a prisión por no pagar el IBI, y las penas de cárcel por impago corresponden a infracciones penales, no a sanciones administrativas. El diferencial entre deber dinero a un banco y deberlo a un ayuntamiento no es solo legal, es de capacidad real de cobro.
Internet en el monte: generador, aislamiento y cabeza
La conexión obliga a un sistema de generación eléctrica propia, y ahí entra el coste: paneles, combustible, baterías, repuestos que tardan meses en llegar. La alternativa intermedia es la furgoneta. Se aísla con lana de roca y una lámina que corta la condensación, se cubre con panel fino y se calienta con gasoil del propio vehículo o con bombona de gas.
El desgaste real, dicen quienes lo han intentado, no es físico.
Un conocido de ese plan acabó subiéndose por las paredes en menos de un año. La contrarréplica es que quien se crió en el medio rural aguanta sin drama: sabe cazar, pescar y trabajar el campo. Para el resto, la soledad sostenida tiene un precio que ningún generador cubre. La comparación más citada, medio en broma, es la del ermitaño más famoso del siglo XX: el que vivía en una cabaña sin luz y mandaba paquetes por correo.
Con esos números, la pregunta sobre qué víveres pesan menos y alimentan más sigue sin respuesta. Los que crecieron en el monte avisan de que alimentarse allí es trabajo, más trabajo y luego más trabajo. Nadie ha explicado todavía cómo se compagina eso con ocho horas de pantalla.