Quemar la deuda pública: el órdago de Melenchon a los mercados
Jean-Luc Mélenchon ha vuelto a hacerlo. El líder de La Francia Insumisa ha propuesto, sin ambages, prender fuego a la deuda pública francesa. La idea, lanzada como un petardo en mitad de la precampaña, ha encontrado una mezcla de incredulidad y preocupación: los mercados no son precisamente conocidos por su sentido del humor.
El mecanismo propuesto, si es que puede llamarse así, choca de frente con el marco legal y financiero europeo. Una quita unilateral que no pase por una reestructuración ordenada sería, lisa y llanamente, un default. Y un default de Francia no es un default cualquiera: es el país que, según algunos cálculos manejados en ámbitos heterodoxos, se acerca al 200% de deuda sobre PIB. Con esa mochila, cualquier declaración incendiaria se convierte en combustible para la prima de riesgo.
La reacción de los inversores no se ha hecho esperar. Hay quien sostiene que se trata de una mera ocurrencia para contentar a su electorado, sin recorrido real. Pero también pesa el argumento de que, en un entorno de tipos al alza, la simple mención de una quema de deuda añade presión sobre el coste de financiación galo. La confianza, una vez erosionada, es difícil de recuperar.
Entre las respuestas más pintorescas, algunos han comparado la idea con las teorías conspirativas sobre el 11-S, cuando se llegó a afirmar que la deuda estadounidense se volatilizó en el WTC7. Una analogía que roza el esperpento, pero que sirve para ilustrar hasta dónde llega el escepticismo.
Lo cierto es que la propuesta, en su literalidad, no resiste el análisis. Pero la discusión no es solo económica: es política. Cada vez que un líder relevante juega con la idea de no pagar, los mercados toman nota. Y esta vez, el apunte es más caro de lo que parece.