Racismo en la grada virtual tras el Mundial
El pasado fin de semana, España se proclamó campeona del mundo por segunda vez. La celebración, sin embargo, dejó al descubierto una grieta que muchos prefieren ignorar: el racismo que aflora cuando los héroes no encajan en el molde étnico tradicional. Mientras millones festejaban, en conversaciones anónimas se deslizaban comentarios que minusvaloraban la contribución de jugadores como Lamine Yamal, de origen marroquí, o Nico Williams, de ascendencia ghanesa, cuyo pase de gol fue decisivo. La frase «menos mal que el gol no lo ha metido ningún...» circuló como un aullido sordo entre líneas.
La victoria fue incontestable, pero para una minoría ruidosa, el mérito se diluye si el protagonista no es 'español' de pura cepa. Los datos de la convocatoria muestran que dos de los once titulares proceden de familias inmigrantes. Para algunos, esa proporción ya es excesiva. Argumentan que el triunfo sabe 'dulce' pero temen que, en una década, la selección se parezca a la francesa, con un once de origen africano. Es el mismo discurso que persiguió a Ansu Fati y que ahora apunta a Lamine Yamal: la estrella no puede ser 'uno de ellos'.
Lo que el marcador no refleja es que, sin el pase de Nico Williams o el desborde de Lamine Yamal, la segunda estrella quizás no habría llegado. La paradoja es amarga: el equipo más diverso ha dado a España su mayor éxito futbolístico. Y aún así, hay quien prefiere no verlo. El dato que descoloca: el gol lo metió un jugador de origen español, Ferrán Torres. La asistencia, de un futbolista de ascendencia ghanesa. El fútbol, al final, no entiende de colores por mucho que algunos debates se empeñen en teñirlo de prejuicio.