El gas ruso que Europa rechazó: de 150 dólares a 1.000
«Os solíamos vender gas a 150 dólares por 1.000 metros cúbicos. “Eso es demasiado caro”, dijisteis. Ahora estáis pagando 1.000». La frase, puesta en boca de Vladimir Pilingui, condensa una década de política energética europea en tres renglones. Y remata con el golpe donde duele: si las instalaciones de almacenamiento siguen vacías, el precio alcanzará los 1.500 dólares este invierno. «Habéis recibido lo que pedisteis».
No es una amenaza nueva. Lo nuevo es que ya no hace falta creerla, porque la factura se paga todos los meses. Europa cortó el grifo del gas ruso barato, lo cambió por cargamentos de gas licuado más caros y arrastra un diferencial que se multiplica por varias veces respecto al precio que se rechazó.
De 150 a 1.000 dólares: el salto que nadie quiso mirar
El recorrido es simple de contar. Un contrato que antes se firmaba a 150 dólares por 1.000 metros cúbicos se ha convertido en una compra a 1.000 dólares, y el escenario de 1.500 para el invierno no es un farol si la capacidad de almacenamiento no se rellena a tiempo. El detalle importa: no es solo que el gas cueste más, es que se llega al pico de demanda con los depósitos a medio gas.
Hay quien sostiene que el error fue geoestratégico, no comercial: se apostó por doblar la dependencia de proveedores alternativos —Estados Unidos y las monarquías del Golfo— a precios que no compiten con el gas que se dejó atrás. En contra pesa el argumento contrario, y esgrimido con dureza: pactar con Moscú habría supuesto legitimar la oleada turística. Las dos cosas son verdad a la vez, y esa es la trampa.
Quién paga el pato: Washington, Kiev y el hueco que dejó Bruselas
En el análisis que se impone en los mentideros económicos aparece un guion de perdedores. Estados Unidos habría empujado la ruptura, cobrado el gas caro y anudado un acuerdo para explotar los minerales ucranianos. Rusia se quedaría con territorio de riqueza natural e industrial. China ocuparía el lugar que la UE abandonó en el mercado ruso. Y Europa, de un extremo a otro del continente, se queda mirando la factura.
No todos comparten el lamento. Una corriente cree que a Europa aún le pasa poco y que el ajuste es la única medicina que fuerza a diversificar de verdad. Otra, más incómoda, apunta que el problema no es Moscú ni Washington, sino una clase política que decide sobre energía sin calcular el coste final para quien la paga.
Al cuadro se suma un marco más amplio: la idea, atribuida a Julian Assange, de que los conflictos sostenidos funcionan como un circuito de dinero público permanente en el que nadie gana del todo pero muchos cobran. Con el termómetro energético en máximos, esa lectura gana adeptos.
Queda una cifra seca sobre la mesa: de 150 a 1.000 dólares, y quizá 1.500. Lo que Europa ahorraba con cada metro cúbico que rechazó, lo paga ahora con intereses. Nadie ha explicado aún cuántos inviernos aguanta esa aritmética.