Bielorrusia cambia de paraguas: de Putin a Xi en 24 horas
El rumor que recorre los pasillos geopolíticos es demoledor: el presidente bielorruso, Alexander Lukashenko, habría corrido a ponerse bajo el paraguas militar de China después de un encuentro fallido con Vladímir Putin. Según fuentes próximas al Kremlin, la reunión del día anterior –cuyo contenido oficial nunca se filtró– terminó con un Putin furioso y un Lukashenko visiblemente nervioso. Horas después, Minsk solicitaba formalmente garantías de seguridad a Pekín. El gesto, si se confirma, sería una de las deserciones más sonadas en el bloque postsoviético.
Rusia, un mal aval para sus aliados
La lista de socios que han quedado colgados por Moscú es larga: Armenia perdió Nagorno Karabaj pese a los compromisos rusos; Siria, un páramo; Venezuela, un desastre económico; Irán y Cuba, dependencia sin retorno. En todos los casos, el patrón se repite: Rusia no protege cuando huele sangre. Lukashenko lo sabe mejor que nadie: en 2020, Putin no movió un dedo cuando las protestas zarandeaban Minsk y solo entró en acción cuando el régimen estuvo a punto de caer. Ahora, con la guerra en Ucrania devorando recursos rusos, la garantía de Moscú vale menos que el papel del acuerdo que firmaron.
China, el nuevo sheriff del bloque
Pekín no pierde ocasión de marcar distancias. Sin pronunciarse directamente, el portavoz del Ministerio de Exteriores chino reiteró el apoyo a la «soberanía e independencia» de Bielorrusia. Traducción: «Nosotros sí cumplimos lo que firmamos». La jugada es maestra: mientras EE.UU. y la UE presionan a Minsk, China se presenta como un aliado fiable que no exige cambiar de bando ideológico. Lukashenko no es tonto –o al menos no tanto– y sabe que el poderío chino en tecnología, finanzas y capacidad militar supera con creces lo que Rusia puede ofrecer hoy. El dilema de Putin es evidente: si permite que Bielorrusia se deslice hacia China, pierde el último estado tapón con la OTAN; si lo impide, se enemista con su único valedor internacional.
La pregunta que queda flotando es si el movimiento de Lukashenko es una jugada táctica para presionar a Putin –un «o me das más o me voy con los chinos»– o el principio de un realignment geopolítico serio. Lo que está claro es que la imagen de Rusia como protectora de sus satélites se resquebraja. Y en el gran tablero, China sigue colocando fichas sin hacer ruido.