A finales de octubre de 2024, con la DANA todavía sobre Valencia, la batalla del relato ya había empezado. La información publicada por ABC desveló que el PSOE difundió al menos 14 publicaciones patrocinadas en Facebook e Instagram para señalar al presidente autonómico Carlos Mazón por reaccionar tarde y, después, las retiró. El detalle no es menor: no es un bulo cualquiera, es un bulo con presupuesto publicitario y con fecha de caducidad, borrado para no dejar rastro. Según el mismo medio, Seguridad Nacional había avisado a La Moncloa doce horas antes de la tormenta de que se esperaban «tormentas muy fuertes».
El presupuesto de la mentira: anuncios que se compran y se esfuman
La revelación abrió una guerra de interpretaciones. Para unos, la campaña del partido del Gobierno no hizo sino advertir de bulos y de problemas reales de coordinación; para otros, la compra de anuncios revela que la desinformación no es solo un fenómeno de extrema derecha, sino una herramienta que se paga con recursos y se diseña con criterio electoral. En un escenario en el que la gestión de la catástrofe económica –reconstrucción, ayudas, seguros– dependía del consenso, la inyección de sospecha acabó enredando el debate. «La verdad desapareció cuando entró el socialcomunismo», se argumenta en un bando; «el único bulo es el que difunde el régimen», responde el otro.
De RTVE a los platós: el bulo como espectáculo
El frente no se limita a las redes. La acusación de que RTVE propagó el bulo de los tatuajes «neonazis» del secretario de Defensa de Trump –luego matizada al decir que en realidad eran contradictorios– enfrentó a críticos del medio público con defensores de su línea editorial. «Libres e independientes en la nómina del partido que les subvenciona», rematan los más escépticos. Y en la batalla por la audiencia, la foto de Irene Montero como posible fichaje de Risto Mejide para «Todo es mentira» convertía el propio nombre del programa en una ironía: el antídoto contra la mentira se nutre de la política, y la política no perdona. Algunos pronósticos ya vaticinan que el fichaje no conseguirá remontar el share. Risto va a perder audiencia.
La economía de la sospecha
Sobre la mesa quedan más preguntas que respuestas. ¿Cuánto cuesta comprar 14 anuncios y borrarlos después? ¿Por qué un aviso de Seguridad Nacional no bastó para activar antes la alarma? El único consenso es que el bulo se ha convertido en un sector con sus propias reglas de mercado: se produce, se distribuye, se monetiza en audiencia y, cuando resulta incómodo, se retira del escaparate. La inversión pública en comunicación se convirtió en arma arrojadiza y, mientras tanto, los afectados por la DANA siguieron esperando respuestas. La sospecha mutua entre Moncloa y oposición no se resolvió en aquel momento; y, a la vista de cómo evoluciona el relato, tampoco se ha resuelto después.