La fantasía de las cintas VHS vírgenes: diseño Memphis sin saberlo
Aquellas cajas de VHS virgen con galaxias de colores, cubos flotantes y letras de neón no eran un encargo del departamento de marketing: eran la consecuencia de un movimiento de diseño con nombre, autor y fecha de caducidad. El grupo Memphis nació en diciembre de 1980 en el piso de Ettore Sottsass en Milán, se presentó en el Salón del Mueble de 1981 y se disolvió en 1987. Justo el paréntesis en el que la industria del vídeo doméstico estaba montando el chiringuito perfecto. La cinta virgen era un lienzo en blanco y las empresas lo llenaron con la estética más rompedora que tenían a mano.
El movimiento Memphis, del mueble de diseño al lineal del súper
Memphis era arquitectura, mueble y gráfica; colores planos, formas geométricas, una alegría visual que escandalizaba a los puristas. Se llamó así por la canción de Dylan que sonaba de fondo la noche de la fundación, y entre 1981 y 1987 sacó siete colecciones. Pero el estilo no se quedó en las galerías: la industria del plástico lo absorbió. Las carcasas de los VHS virgen son hoy uno de los documentos más puros de aquella época, aunque nadie en la cola del videoclub supiera pronunciar «Sottsass».
La guerra de formatos que ganó el peor, pero con mejor marketing
El mismo patrón se repitió en la guerra Betamax-VHS. Beta ofrecía mejor imagen, cinta más compacta y una construcción que al agitarla no sonaba a maracas. Sony, sin embargo, se negó a asociar su sistema con el cine para adultos, y JVC no tuvo esos remilgos: dejó que el circuito del contenido adulto y el videoclub barrieran el mercado. El resultado: décadas de cintas VHS de plástico endeble, porque en esta industria no gana el mejor producto, sino el que llega primero a los estantes. La TDK sobrevivió, tiene planta en Málaga, y los nostálgicos todavía discuten si una BASF 180 era mejor que una Sony.
Del celo en la pestaña al diseño por IA
Romper la pestañita de la cinta para que nadie grabara encima, pagar 25 pesetas por devolverla sin rebobinar, grabar el telediario del 11-S en directo: todas son escenas de una economía doméstica que desapareció con el streaming. La nostalgia de aquellas carátulas es también la nostalgia de una industria que se tomaba en serio el envase. Hoy, las portadas se delegan a generadores de imágenes con IA y el resultado, como se señala en la discusión, son carcasas que parecen salidas de un concurso de mal gusto.
La pregunta queda en el aire: ¿era aquel derroche visual una fantasía, o simplemente una época en la que alguien pagaba a diseñadores de verdad? Mientras el humano del año 5000 desentierre una cinta virgen en un garaje, habrá debate.