Metro de Barcelona: la jungla del ambulantaje sin control
Está prohibido cantar y tocar instrumentos en el metro de Barcelona, según la normativa vigente. Pero la realidad es que vagones y andenes se han convertido en un mercadillo ambulante donde músicos, vendedores y carteristas campan a sus anchas. La escena viral de una mujer gritando a una cantante para que cesara su actuación no es un incidente aislado: es la punta del iceberg de un problema de regulación y convivencia que tiene consecuencias económicas directas.
El ambulantaje en el metro no solo genera molestias, sino que representa una competencia desleal con el comercio legal y una pérdida de ingresos para el sistema de transporte público. Los músicos y vendedores informales no tributan, no pagan tasas y, a menudo, operan en zonas donde el Ayuntamiento ha prohibido explícitamente la venta. Además, su presencia incrementa los costes de seguridad y limpieza en un suburbano que ya arrastra déficits de mantenimiento.
La reacción de la mujer que gritó a la cantante refleja la frustración de muchos viajeros ante la pasividad de las autoridades. Mientras Transports Metropolitans de Barcelona (TMB) asegura que realiza controles, la sensación de impunidad es generalizada. El debate no es nuevo: en 2019, el consistorio anunció un plan para regular la venta ambulante en el metro, pero los resultados han sido discretos.
Lo que ningún análisis termina de explicar es por qué, con una normativa clara, la administración sigue sin aplicar sanciones efectivas. El coste de oportunidad de mantener este estado de cosas –en seguridad, imagen de la ciudad y recaudación– probablemente supera con creces el de una intervención decidida. La jungla bajo el asfalto ya tiene dueño: el caos.
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