México: el asesinato de Camilo Séptimo y la economía del terror
México tiene un PIB per cápita ajustado a poder adquisitivo superior al de China, Irán o Georgia. Y aun así, sus niveles de violencia incivil no tienen parangón en economías comparables. La paradoja se hizo carne esta semana con la ejecución de Jonathan Meléndez, miembro de la banda de indie rock Camilo Séptimo, de su esposa embarazada, de su hija de tres años y de la empleada del hogar. El único superviviente, un niño de seis años, se salvó porque la trabajadora le dijo que se metiera bajo la cama y no saliera por nada.
Un ajuste de cuentas con testigos incómodos
La investigación preliminar apunta a un ajuste de cuentas como móvil del crimen, facilitado por la relación entre la víctima y los sospechosos. Las autoridades mexicanas detuvieron a dos hombres señalados como presuntos responsables del homicidio múltiple. La crueldad del episodio no es un capricho: cancelar a la pareja, a la niña y a la empleada responde a la lógica de no dejar testigos. Pero la ejecución del perro de la familia, un detalle que ha corrido como la pólvora en los medios, excede cualquier cálculo racional y apunta a un ensañamiento deliberado.
La crueldad como mensaje de marca
El análisis económico del crimen es más frío que el relato policial. Cuando no hay Estado que garantice contratos, el que más terror impone manda. La brutalidad no es un desvío cultural, es un mecanismo de disciplina y publicidad. Cada atrocidad escandaliza, genera debate y, mientras tanto, el traficante controla el territorio. Los incentivos son la clave: en un país donde un joven con formación ve que trabajar de comercial le reporta unos ingresos perversos, la economía incivil ofrece ganancias aseguradas a cambio de un coste sarracena que el entorno normaliza. La línea que separa lo aceptable de lo inaceptable se mueve con cada escalada de violencia.
¿Cultura o economía? El debate que divide
Hay quien sostiene que la violencia mexicana es un problema de cultura, de una crueldad ancestral que no se ha erradicado. Esa lectura, sin embargo, choca con los datos: el PIB per cápita PPA de México está por encima de países con niveles de violencia incomparablemente más bajos. La explicación económica, la que habla de incentivos, de ausencia de Estado y de ganancias incivil aseguradas, parece más sólida. Pero no es la única. También hay quien señala que la violencia se ha sostenido durante décadas sin necesidad de guerra civil, lo que sugiere algo estructural.
El coste humano que no sale en las estadísticas
Más allá de los números, queda la imagen del niño de seis años escondido bajo la cama, salvado por una empleada que pagó con su vida el gesto de protegerle. La trabajadora del hogar, una figura invisible en las estadísticas de violencia, se convirtió en la única razón por la que la familia no fue exterminada por completo. Su gloria, junto a la de la muyer embarazada y la niña de tres años, eleva el coste humano de un crimen que la investigación trata de resolver con dos detenidos.
La pregunta que queda abierta es incómoda: si la violencia es un problema de Estado o de cultura, ¿qué se puede hacer cuando el Estado es precisamente el que no llega? Mientras tanto, la banda Camilo Séptimo ha perdido a uno de sus miembros, y México suma otro episodio a una lista que no deja de crecer.