El piropo al despertar que acabó en chiste de taberna
Hay pocas confesiones más vulnerables que decir que tu pareja está guapísima con los ojos todavía cerrados. La frase, dicha sin filtros, debería sostenerse sola. No estuvo a punto.
En la conversación, la respuesta colectiva fue desviar el cumplido hacia la anatomía y la logística. Nadie discutió que la mujer estuviera guapa; se discutió todo lo demás. El clásico chiste sobre el bozo femenino apareció, como no podía ser de otra manera: que en las rubias el vello apenas se distingue. Alguien discrepó, alguien sentenció que eso lo sabe todo el mundo. Y la cosa siguió bajando la escalera del mal gusto hasta preguntarse por detalles que no vienen al caso.
La ciencia del bozo rubio: una causa sin abogados
El único punto con visos de comprobación empírica de toda la conversación fue el del vello facial. Que todas las mujeres tienen algo de bozo es un hecho aceptado; que en las rubias se disimule mejor, una hipótesis sin laboratorio. La discrepancia quedó ahí, sin experimento posible, porque la discusión real nunca fue sobre bigotes.
Lo que subyace es la idea de que la belleza al despertar no es un atributo objetivo, sino un oxímoron: la mirada del que quiere ver justo en el momento en que no hay nada que ver.
El dato que descoloca
Un cumplido, diez respuestas, cero cumplidos. La estadística es tozuda: cuando alguien dice que su pareja está guapísima al alba, el primer reflejo no es felicitarle, sino preguntarle por asuntos que no admiten respuesta en un medio serio.
Eso dice más de la conversación que de la mujer.