1.158 euros netos por 240 horas al mes: 4,82 la hora
Un repartidor acepta un puesto de conductor de furgoneta en la provincia de Cádiz y lo abandona a las pocas horas, sin haber firmado contrato. Antes de arrancar ya tenía hecha la cuenta:
1.300 euros brutos y 1.158,3 netos en doce pagas, 240 horas al mes sumando jornada y sábados, y un resultado de
4,82 euros por hora. La oferta la hace un autónomo propietario de una flota de siete u ocho furgonetas que, según el relato del propio trabajador, vive en una urbanización de adosados y que le vendió el puesto casi como un favor personal. La ruta asignada era la peor de todas: Conil, Barbate, Vejer y el rosario de pueblos de la costa.
El horario arranca a las 7:30 con la recogida del vehículo en casa del empleador, sigue con la gasolinera concertada y termina en un polígono donde hay que cargar la mercancía. Sobre el papel se acaba a las 19:00.
En la práctica, todo apunta a las 21:00. Ese margen de dos horas diarias es la diferencia entre un
empleo y una condena.
El cálculo que deja la oferta en 4,82 euros la hora
La cuenta no tiene trampa: 24 días de trabajo al mes, diez horas diarias, 240 horas. Dividir 1.158,3 euros entre esas 240 horas da
4,82 euros por hora, pagas extras incluidas. Y el cálculo ni siquiera descuenta las horas que se irán por encima del horario teórico, que el propio interesado daba por hechas de antemano.
A eso se suman partidas que el empleador no cubre.
La comida la pone el trabajador. En su presupuesto personal, 250 euros al mes para comer y 142 para luz, agua, comunidad y teléfono. El propietario de la flota, mientras tanto, insiste en que ahorre gasoil y no ponga el aire acondicionado del vehículo, con la promesa de que, si gasta poco, le pagará más. Hay quien lo llama gestión del coste.
Dos sábados al mes son obligatorios. Los demás, si se trabajan, se abonan aparte, aunque no le concretaron la cifra: la pregunta por cuánto se paga por ese extra quedó sin respuesta en la propia negociación.
Del almacén a la furgoneta: 28 pedidos entre miles
El primer día empezó a las 8:30 en el almacén. Le habían dicho que allí le cargarían la furgoneta. Al llegar le explicaron lo contrario: era él quien tenía que localizar sus pedidos,
28 paquetes para Chipiona y El Puerto de Santa María, entre miles de cajas repartidas por varias calles, comprobando código de barras y número a número.
La escena que describe es la de unas
80 personas cargando furgones a mano y con transpaleta, en turnos de doce horas de lunes a sábado por 1.150 euros al mes. Antes de las 9:30 había devuelto la furgoneta, aparcada en casa del empleador, y entregado las llaves. Se marchó andando.
Sin contrato, con sábados y con lavadoras por las escaleras
No firmó nada. El interesado señala la consecuencia: si hay un accidente conduciendo, sin contrato firmado la cobertura y la reclamación se complican, y sostiene que en la práctica ni la empresa ni la inspección responden como deberían. Es su lectura del asunto, no una resolución judicial.
La carga es otra fuente de fricción. Cuando el pedido es grande, con ocho lavadoras, le asignan un ayudante. Cuando es una sola, sube el electrodoméstico él solo por las escaleras.
Ocho, con ayuda; una, a pulmón. El reparto del esfuerzo no depende del peso total, sino del número de bultos.
El fondo: la puja entre las ayudas sociales y los salarios bajos
Como casi siempre que se habla de salarios mileuristas, el asunto deriva hacia las prestaciones. Una parte sostiene que hay quien cobra en ayudas tanto como él trabajando y que estos puestos solo los aceptan quienes no reciben nada. La respuesta desde el otro lado es que el ingreso mínimo vital no se concede a cualquiera, que la cuantía es exigua y que su acceso exige quedarse sin pareja, sin vivienda en propiedad y con hijos a cargo tras agotar el subsidio de desempleo.
Junto a esa discusión aparece otra más áspera sobre quién ocupa finalmente estos empleos. Se atribuye el reparto de paquetería a trabajadores de origen migrante, y se responde que son precisamente los salarios y las condiciones los que empujan a la población local a rechazarlos mientras se cubren con mano de obra sin alternativas. Otra línea de reproche, dirigida al propio afectado, resume la situación en una frase: que hubiera estudiado o montado su propia empresa con siete furgonetas.
¿Por qué se trabaja de lunes a sábado sin cobrar el sábado?
Porque se ha normalizado, según el diagnóstico que se repite. Se sostiene que la jornada de lunes a sábado se extendió primero y que después llegó el turno de las diez horas y de los sábados sin abono, con una tolerancia que depende de la hipoteca, la pareja y los hijos. El que aguanta doce años en la misma empresa, viene a decir este relato, no es el que está cómodo: es el que no puede irse. Otros testimonios añaden modelos aún más precarios, como la disponibilidad de doce horas por jornada con una aplicación que manda pedidos o no, y el mismo sueldo se trabaje mucho, poco o nada.
Frente a eso, el historial del repartidor es una sucesión de descartes: trece meses rechazando ofertas, diez días en una empresa de Madrid con baja voluntaria por engaños, diez días de obra en casa de su padre y vuelta a mandar currículums. Su conclusión, escrita al volver a casa, fue una sensación de quitarte un peso de encima.
¿Cuánto puede aguantar un mercado laboral en el que el cálculo da 4,82 euros por hora y la respuesta más común es que la culpa es de quien no lo acepta?