El eclipse de Miguel Bosé: cuando el recelo se convierte en negocio
¿Qué pinta un cantante retirado aconsejando no mirar un eclipse en plena sección de Economía? Pues más de lo que parece. La advertencia de Miguel Bosé —“ni se os ocurra mirar el eclipse. Mal rollo, malas consecuencias”— ha agitado las redes y ha reabierto una vieja grieta: la que separa a quienes desconfían del relato oficial y a quienes ven en cualquier figura mediática un vendedor de humo. No es una cuestión astronómica. Es un termómetro de la credibilidad institucional.
El profeta de lo incorrecto
Bosé lleva años instalado en el papel de hereje. Antivacunas declarado, ridiculizado durante la crisis sanitaria, ahora una parte de la opinión pública le reivindica: “acertó con lo de las vacunas”, espeta más de un mensaje. En este contexto, su aviso sobre el eclipse se ha convertido en una prueba de fe. Hay quien sostiene que la élite globalista utilizaba el fenómeno astronómico para algo más que vender gafas homologadas. La teoría no se sostiene con datos, pero eso nunca ha sido obstáculo.
En el otro lado están los que le recuerdan que es actor, no oftalmólogo. “Hoy todos astrólogos, mañana todos oftalmólogos”, resume un comentario con más retranca que rigor. La comparación con el gurú indio Hira Ratan Manek, que aseguraba alimentarse del sol, sirve para poner la propuesta en perspectiva.
El miedo a quedarse ciego, con matices
Lo curioso es que la advertencia de Bosé coincide con la recomendación de la práctica totalidad de los especialistas: mirar directamente al sol, eclipse o no, daña la retina. La diferencia está en el tono y en la estadística. Un mensaje asegura que “cientos de miles” quedarán ciegos; otros responden que esa cifra es propaganda alarmista. Hay incluso quien recuerda que el daño ocular puede manifestarse entre 3 y 10 años después, lo que convierte cualquier discusión en una apuesta diferida.
Las gafas de soldador, el truco de mirarse el dedo y hasta las gafas de la película “They Live” aparecen como alternativas. La única certeza técnica es que la protección debe ser certificada. Y que consultar a un chatbot para saber si unas gafas sirven no es la vía más fiable.
La paranoia como negocio
Detrás del eclipse hay un mercado de la desconfianza que no para de crecer. Cada vez que un fenómeno natural entra en la agenda, se multiplican los gurús, las teorías sobre “egregores” y las comparaciones con las Saturnales romanas. La insistencia mediática en el evento ya es vista por algunos como una maniobra de distracción: “primero la plandemia, ahora el eclipse”, ironizan.
El problema es que mezclar prudencia ocular con conspiraciones de calendario no ayuda a la causa de la seguridad. Pero vivimos tiempos en que la realidad se ha vuelto tan rara que nadie se sorprende de encontrar a Miguel Bosé en la sección de Economía. Al fin y al cabo, si el mundo no se acabó con la pandemia, no va a ser un eclipse el que lo haga. Eso sí: si decide mirarlo, hágalo con unas gafas homologadas. O no. Total, las consecuencias ya las verá dentro de diez años.