Miquel Giménez y el móvil de Sánchez: tres semanas y ninguna prueba
El periodista Miquel Giménez sostuvo que los contenidos del móvil de Pedro Sánchez presuntamente extraídos con el programa Pegasus saldrían a la luz en tres semanas. En menos de veinte días, concretó. Sobre el papel, un terremoto informativo. En la práctica, el anuncio cayó en una audiencia que ya lo había oído antes.
Giménez, colaborador habitual de
Horizonte, suele presentarse como azote del relato oficial. Esta vez no acompañó su pronóstico con documentos, fechas ni fuentes verificables. Y ahí arranca el problema: cuando la única prueba es la convicción de quien habla, el oyente veterano archiva la promesa junto a las anteriores.
Qué se anunció y con qué respaldo
El mensaje es concreto. Los contenidos robados del teléfono del presidente verían la luz en menos de veinte días, según su versión. Ningún medio citado, ningún archivo, ninguna prueba. Hay quien lo leyó como un bombazo y quien lo despachó como el enésimo
globo sonda. La fecha, en todo caso, es el detalle que más ha circulado: tres semanas, veinte días, casi el mismo plazo que cualquier anuncio del mismo tipo.
Y es que el patrón se repite. La revelación decisiva siempre está a punto de llegar. La filtración definitiva siempre es inminente. Lo que nunca llega es el documento.
¿Por qué nadie se cree el plazo de tres semanas?
Porque se han prometido antes y no han aparecido. La reacción del público curtido fue inmediata y en clave de mofa: unos dieron 72 horas, otros hablaron directamente de 72 semanas. Varios situaron la fecha real en octubre. La broma no es casual: resume una secuencia vista demasiadas veces, la del anuncio que se pospone y se recicla.
Entre las explicaciones más repetidas, una destaca por su cinismo: los plazos largos existen para que, cuando venzan, nadie recuerde la promesa original. Veinte días bastan para que el interés se enfríe y la fecha quede enterrada bajo la siguiente polémica.
¿Puede una filtración así mover un solo voto?
Es la pregunta que planea sobre todo el asunto, y la respuesta dominante es incómoda. Aunque los contenidos salieran, se argumenta, el efecto electoral sería nulo. El PSOE ya no perdería votantes, sostiene esta lectura: décadas de escándalos, corrupciones y desgastes no han movido su suelo electoral, que se sitúa en torno a los 100 diputados. Otra corriente añade un matiz: en España no importaría lo que haya en un móvil, importaría que la oposición carece de alternativa creíble.
Hay una tercera vía, más amarga. Sostiene que la mayoría no se enterará aunque el contenido salga, porque no consume esa información. El ruido mediático, en esa tesis, amortigua cualquier golpe. El escándalo sería real y, a la vez, irrelevante.
La burbuja que protege al presidente
Circula también una explicación estructural: los presidentes del Gobierno operan dentro de una suerte de
blindaje. Nunca llegan tan lejos como para rendir cuentas ante la justicia, se dice, y el castigo se queda en un desgaste simbólico. Es una tesis sin verificar y muy repetida, pero apunta a una intuición compartida: la responsabilidad política y la penal rara vez se encuentran en el mismo plano.
Mención aparte para los pronósticos más sombríos, que auguran un escenario excepcional y la suspensión de elecciones. Son conjeturas sin ninguna base y conviene tratarlas como lo que son: ruido.
Tres semanas, veinte días, 72 horas. Los plazos se acumulan y los teléfonos, de momento, siguen sin abrirse. ¿Cuántas fechas más hacen falta antes de dejar de creer la siguiente?