El verano del sofá y el mando: la nueva libertad de quedarse en casa
En pleno agosto, mientras los aeropuertos hierven y los precios hoteleros tocan máximos, hay una corriente silenciosa que no sale en las estadísticas del turismo: la del adulto que cierra persianas, dobla el cerrojo y convierte su dormitorio en centro de operaciones del no hacer nada. El perfil ya no es el del adolescente con videojuegos, sino el de un profesional con fibra gigabit y nevera llena que ha decidido que el infierno, como sentenció Sartre, son los demás. Sobre todo, los demás en chanclas.
La economía de no ir a ningún sitio
El cálculo tiene algo de rebelión silenciosa: un mes de aire acondicionado, PlayStation 5 y pedidos a domicilio sale más barato que una semana en un resort, y no digamos que en un mes de alquiler turístico. La inversión en infraestructura doméstica —monitor 4K, conexión simétrica, una pila de libros donde asoman tres volúmenes de un tal Carl el Mazmorrero— funciona como un resort de bajo mantenimiento. No hay colas, no hay reservas ni imprevistos. La única negociación es con uno mismo, y se pierde siempre, pero da igual.
El rodríguez como elección de vida
La escena reaviva el mito del rodríguez, ese hombre cuya familia se va y que se queda en la ciudad. Aquí la novedad es que la familia no se ha ido: simplemente no está, o nunca estuvo. Para unos, es la máxima expresión de libertad: no tener que negociar cada decisión, no compartir el mando de la tele, no dar explicaciones. Otros ven la sombra de la resignación: la asunción de que, con los precios actuales, lo único alcanzable es un verano de persianas bajadas. Unos y otros hablan de lo mismo desde prismas opuestos.
¿Autoengaño o evolución?
La discusión alcanza su punto más ácido cuando se plantea si esta felicidad casera es genuina o una coartada mental. Hay quien sostiene que, con dinero de verdad, el protagonista estaría en un yate con cocinero y compañía; él responde que el yate ya lo ha probado —en otro contexto, como metáfora— y que resulta demasiado artificial. Sartre de nuevo: la gloria es estar con uno mismo. La pregunta queda en el aire: ¿es este el futuro del ocio para una clase media que ya no puede permitirse lo que se le vende como normal?
Mientras los touroperadores facturan récords y las terrazas de las ciudades se vacían, el verano de sofá y mando crece en los márgenes. Nadie sabe aún si es una moda pasajera o la aceptación lúcida de una realidad incómoda. Lo que está claro es que, al menos, el que se queda no necesita vacaciones para recuperarse de sus vacaciones.