La esposa del etarra 'Txistu' muere en el terremoto de Venezuela; el fugado sigue vivo
¿Maldición divina o pura estadística? El terremoto que sacudió Venezuela el pasado [fecha del hilo] se ha cobrado la vida de María Esther Solabarrieta, esposa del histórico etarra Francisco Javier –'Txistu'–, fugado de la justicia española desde 1979. Txistu, que llevaba décadas refugiado en Venezuela bajo la protección del régimen chavista, ha sobrevivido milagrosamente, tal y como confirman fuentes cercanas al caso. La paradoja no ha pasado desapercibida en España, donde el eco de las víctimas de ETA resuena con fuerza.
Un refugio para etarras durante décadas
Venezuela se convirtió, desde los años 80, en un destino recurrente para miembros de ETA huidos de la justicia. Se calcula que alrededor de una veintena de etarras con delitos de sangre residen en el país, muchos bajo la protección directa del chavismo. Txistu, condenado en ausencia por varios asesinatos, había logrado una vida apacible en Venezuela, lejos del alcance de las autoridades españolas. Su esposa, prima de la exmujer del político nacionalista vasco Anasagasti, mantenía lazos familiares en la región.
La ironía del terremoto: un sismo, ciego e indiscriminado, ha golpeado justo donde menos se esperaba, llevándose a quien acompañaba al fugitivo. Mientras, el etarra sigue vivo, solo y anciano, en un país devastado por la crisis económica y ahora por la catástrofe natural.
Reacciones encontradas en la esfera pública
La noticia ha provocado una tormenta de comentarios. Por un lado, quienes señalan que la muerte de su esposa no hace justicia: «El etarra debería pagar con su propia carne», se argumenta. Por otro, los que ven en el suceso un ajuste de cuentas kármico. Sin embargo, la mayoría coincide en un punto: Venezuela ha sido un santuario para terroristas, y España no debería enviar ayuda a un país que acoge a delincuentes. La pregunta que flota es: ¿cuántos más como Txistu siguen protegidos por el régimen de Maduro?
El coste humano y económico de un refugio
Más allá de la anécdota trágica, el caso pone sobre la mesa el coste diplomático y humano de la política de asilo venezolana. Mientras España negocia la extradición de decenas de etarras, la respuesta del gobierno de Maduro ha sido, cuando menos, laxa. Ahora, con un terremoto de magnitud considerable, la crisis humanitaria se agrava, y el gobierno español se enfrenta al dilema de prestar ayuda a un país que cobija a sus propios fugitivos.
Que Txistu sobreviva mientras su esposa perece es, cuando menos, una ironía que ni el mejor guionista habría escrito. Pero la vida real, como los terremotos, no entiende de guiones. El etarra, solo y viejo, deberá cargar ahora con la pérdida y, quizá, con el peso de una justicia que nunca llegó.