Muere Mani Mounfield, el bajo que sostuvo a The Stone Roses
Gary «Mani» Mounfield, bajista de The Stone Roses y de Primal Scream, ha muerto a los 63 años. La noticia la abre el propio título del asunto y la recoge una conversación que arranca con la edad —63, la misma que tenía el músico— y con una pregunta que no es retórica: si a los 50 te aconsejan volver a estudiar una FP de Informática, ¿qué sentido tiene todo? Mani no llegó a viejo, pero vivió como si el reloj no existiera. Y eso, en el gremio del rock, es una forma de rentabilidad que no sale en ningún balance.
Quién era Mani y por qué importa su bajo
Mani fue el bajista de The Stone Roses, la banda que muchos señalan como precursora del britpop y referencia confesa de los hermanos Gallagher. También pasó por Primal Scream. En la conversación se le reconoce como «un figura» y se subraya que era «muy bueno» y que «eran muy buenos músicos». No es una loa de compromiso: el bajo de Mani sostiene el sonido de Madchester, esa escena que en España apenas trascendió y que, sin embargo, dejó un poso que todavía se nota.
La trayectoria de The Stone Roses fue corta. Un primer disco que se escucha entero, de una pieza, y un segundo que llegó tarde y que la crítica colocó en su sitio con el tiempo. «Tardaron demasiado en sacar el segundo disco», se apunta. El primero, en cambio, se describe como «una brutalidad», una de esas obras completas que no se pueden pinchar a medias. Y el año, el 89, se recuerda como un año de discazos: el de los Stone Roses, el
Disintegration de The Cure, el
Candleland de Ian McCulloch, el
Sonic Temple de The Cult, el
Doolittle de los Pixies, el
Automatic de Jesus and Mary Chain.
El negocio de morir a los 63
Hay una corriente en la conversación que no se anda con paños calientes: la muerte de un músico de culto reabre el hilo de siempre, el de la jubilación imposible. «Y aquí aconsejándome algunos que me ponga a estudiar una FP de Informática a mis 50», se lee. El contraste es brutal: el que se pasa la vida de juerga y farlopa, como se dice en el texto, se va a los 63 con una obra detrás; el que hace todo lo que le mandan, con 50, todavía tiene que reciclarse para no quedarse fuera.
No es un dato económico en sentido estricto, pero funciona como tal. La esperanza de vida del músico de rock no cotiza en bolsa, pero su obra sí. Y ahí Mani deja un activo: un puñado de discos que se siguen escuchando, que se siguen versionando y que sostienen un nicho de mercado —vinilos, reediciones, conciertos de homenaje— que no depende de la FP de nadie.
Stone Roses, Oasis, Blur: quién dejó huella de verdad
El asunto deriva hacia una pelea clásica: qué grupo británico de los 90 dejó más huella. Una parte sostiene que The Stone Roses fueron «los precursores del britpop» y que su primer disco está entre los mejores de la historia del pop. Otra parte los considera «sobrevaloradísimos», con «dos o tres temillas buenos» y un cantante «muermo». La discusión se extiende a Oasis y Blur, y alguien sentencia que «el britpop siempre me pareció un poco mierda de cabra: no muy molesta, fácil de retirar y que dejaba poco olor».
El argumento de la huella se cruza con el del negocio. «Las bandas siguen llenando y a precios absurdos», se afirma, y se recuerda que el grunge barrió el terreno y que incluso el britpop, a toro pasado, ha tenido más influencia a la larga de lo que parecía. La comparación con otros bajistas —Pastorius, Entwistle, Foxton— sirve para medir el peso relativo de Mani: no era un virtuoso de manual, pero encajaba en el tema, que es lo que hace que un disco suene a disco y no a exhibición.
La escena de Madchester y su eco en España
Madchester fue una escena concreta, con grupos como Happy Mondays, y en España apenas llegó. «Solo Oasis y, sobre todo, Blur trascendieron», se apunta. The Stone Roses tocaron en Barraca, la sala valenciana que por entonces traía lo mejor de lo mejor, y ese detalle se subraya como una excepción. La conexión con España no es anecdótica: la banda se tomó años sabáticos de juergas por aquí, y de ahí salió material que luego se reivindicó.
El relato de la escena se mezcla con el del consumo. «No me extraña con la de droja que se tomaron», se dice. Y se critica la crónica que reduce todo a eso: «Que no falte mencionar las drogas, como si en la Movida tomaran agua y chupachups». La comparación no es gratuita: la Movida española tuvo su propio capítulo de excesos y nadie la reduce a eso.
Qué queda de Mani y de su generación
Queda la
música, que es lo que se puede tasar. Queda un puñado de discos que se siguen poniendo enteros. Queda la constatación de que el britpop, con todos sus defectos, generó un catálogo que resiste el paso del tiempo mejor que muchos productos de temporada. Y queda una pregunta incómoda: si el músico de culto muere a los 63 y el oficinista de 50 tiene que reciclarse, ¿quién está aprovechando mejor el tiempo?
La respuesta no está en los datos. Está en la música. Y en la decisión, muy poco económica, de vivir como si el reloj no existiera. Mani lo hizo. Y eso, al final, es lo único que no se puede medir en una hoja de cálculo.