Inmobiliaria: Mujeres que comparten piso (IV).

Mujeres que comparten piso (IV).
RESUMEN DEL MENSAJE INICIAL · elaborado con IA

Cuando una compañera de piso se casa y deja libre una habitación, los otros dos inquilinos deben encontrar un sustituto que cubra el alquiler. El candidato ideal puede ser un compañero ejemplar y, a la vez, una fuente de tensión doméstica.

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Cuando una compañera de piso se casa y deja libre una habitación, los otros dos inquilinos deben encontrar un sustituto que cubra el alquiler. El candidato ideal puede ser un compañero ejemplar y, a la vez, una fuente de tensión doméstica.

La escena se repite en muchas ciudades españolas: un piso de tres dormitorios, tres contratos de alquiler y una vida en común que funciona hasta que uno de los inquilinos decide cambiar de rumbo. En Madrid, donde el precio de la vivienda lleva años entre los más altos del país, perder a un compañero de piso no es solo una cuestión emocional. Es un problema aritmético. El alquiler de tres habitaciones, dividido entre dos, deja de cuadrar.

Marta y Julián llevaban tres años compartiendo piso en Madrid. Ella tenía treinta y cuatro años y buscaba pareja. Él tenía treinta y seis, era homosexual y tenía un talento especial para detectar los defectos de los hombres que le gustaban. La tercera compañera, Elena, anunció que se casaba. La discusión fue breve: ella tenía «una necesidad matrimonial» y se marchó. El problema quedó sobre la mesa: tres dormitorios resultaban demasiado caros para pagarlos entre dos.

El anuncio y los candidatos descartados

Pusieron un anuncio y empezaron a recibir candidatos. Un estudiante que pretendía instalarse con dos gatos. Una mujer que exigía silencio absoluto a partir de las nueve de la noche. Un señor divorciado que quería recibir a sus hijos todos los fines de semana. Ninguno convenció. La selección de compañero de piso no es un trámite menor: de ella depende la convivencia diaria, el pago puntual del alquiler y la paz doméstica.

Hasta que apareció Daniel. Tenía treinta y cinco años, era alto, moreno, atlético, con una sonrisa encantadora y una naturalidad que lo hacía todavía más atractivo. Trabajaba en una empresa de informática y tenía ingresos suficientes. Parecía una persona perfectamente normal. Marta lo examinó discretamente. Julián, no tan discretamente. Se fueron a la cocina a deliberar y la conclusión fue unánime: lo aceptaron inmediatamente.

Daniel resultó ser un compañero estupendo. Pagaba puntualmente, era limpio, educado, simpático y tenía la virtud de no meterse jamás donde no lo llamaban. A veces cenaban los tres, se reían y pasaban veladas agradables. Habían encontrado al inquilino perfecto. Solo tenía un inconveniente: le gustaban las mujeres. Y a las mujeres les gustaba extraordinariamente Daniel.

El compañero perfecto y las visitas incómodas

La primera apareció un viernes. Una rubia altísima, de piernas interminables, que saludó amablemente y desapareció en su habitación. La segunda llegó el martes siguiente. Morena, guapísima, con unos ojos verdes que Marta todavía recordaba al día siguiente. Después vino una pelirroja. Y luego otra rubia. Marta empezó a sentirse cada vez más incómoda. Le gustaba Daniel. Muchísimo. Y cada mujer que entraba por la puerta le recordaba que él podía elegir entre un catálogo de bellezas extraordinarias.

Julián estaba todavía peor. Se lamentaba de que, con lo guapo que era Daniel, tuviera que ser heterosexual. Marta le respondió que a ella tampoco le hacía caso. Él contestó que, por lo menos, ella tenía posibilidades. Ella replicó que no las encontraba por ninguna parte. La tensión no venía del ruido ni de la limpieza. Venía de la atracción no correspondida y de la sensación de competir en desventaja dentro de la propia casa.

Una noche, después de dos copas de vino, Marta tomó una decisión. Esperó a que el piso quedara en silencio. Se desnudó, cruzó el pasillo de puntillas y entró en la habitación de Daniel. Estaba oscuro. Él dormía. Marta levantó cuidadosamente las sábanas y se deslizó a su lado. Daniel, medio dormido, notó aquel cuerpo caliente, la rodeó con un brazo y la acercó hacia él. Marta sintió que el corazón le daba un vuelco. Había funcionado.

Pero entonces se abrió la puerta del baño. Apareció una rubia espectacular, completamente desnuda. Contempló la cama, vio a Marta abrazada a Daniel y sonrió. Debió de pensar que su amante había organizado una sorpresa. Sin decir una palabra, levantó las sábanas y se metió por el otro lado. Daniel abrió los ojos. Tenía una mujer a cada lado. Marta acababa de comprender la magnitud del desastre. No había ido allí para participar en un trío. Había ido para conquistar al hombre del que estaba enamorada. Se incorporó de golpe, salió de la cama y huyó hacia su habitación, desnuda y con una vergüenza que no le cabía en el cuerpo.

La cita de Julián y el efecto Daniel

A la mañana siguiente, Marta se lo contó a Julián. Él se echó a reír de tal manera que tuvo que sentarse. Ella le reprochó la risa. Él respondió que se había metido desnuda en la cama de Daniel y que ya estaba ocupada. Ella alegó que no sabía que había otra mujer. Él sugirió que habría debido mirar debajo de la cama, por si había más. Cuando apareció Daniel, se comportó con total normalidad. No mencionó el asunto. Julián tardó diez minutos en recuperar la compostura.

Pero su propia desgracia estaba por llegar. Había conocido a un chico encantador en un bar. Se llamaba Roberto, era guapo, simpático y parecía interesadísimo por él. Lo invitó a cenar a casa. Preparó una cena estupenda, abrió una botella de vino y estaba disfrutando de una conversación prometedora cuando apareció Daniel. Se sentó unos minutos con ellos. Y Roberto dejó de prestar atención a Julián. Empezó a preguntarle a Daniel por su trabajo, sus aficiones, sus viajes. Se reía de todo cuanto decía y lo miraba con una fascinación que Julián reconoció inmediatamente.

Roberto preguntó si Daniel tenía novia. Daniel dijo que ahora mismo no. Preguntó si tenía novio. Daniel dijo que tampoco. Julián intervino: era heterosexual. Roberto pareció decepcionado y preguntó si nunca había probado. Julián estuvo a punto de estrellarle la botella de vino en la cabeza. Al día siguiente, Marta lo encontró desayunando con cara de funeral. La cita había sido una maravilla, pero Roberto se pasó toda la noche intentando ligar con Daniel. Y el muy imbécil le preguntó después si creía que tenía alguna posibilidad. Marta soltó una carcajada y le dijo que ahora sabía cómo se sentía ella.

Echar al compañero sin motivo contractual

Desde entonces, los dos comenzaron a considerar seriamente la posibilidad de echar a Daniel. Pero ¿cómo? Era un compañero ejemplar. Pagaba el alquiler, limpiaba, no hacía ruido y siempre tenía una sonrisa para ellos. Marta insistía en decirle que se fuera. Julián preguntaba qué motivo le daban. Ella proponía que traía demasiadas mujeres. Él respondía que no molestaban. Ella proponía que era demasiado guapo. Él respondía que eso no figuraba en el contrato de arrendamiento. Y así pasaban las semanas.

Cada vez que Daniel aparecía con otra belleza, los dos se desesperaban. Pero cuando cenaban juntos, charlaban o se reían de cualquier tontería, eran felices. Daniel les gustaba demasiado. Y ese era precisamente el problema. La convivencia funcionaba en lo económico y en lo práctico, pero se había convertido en una fuente de frustración personal para ambos.

Una tarde estaban en la cocina discutiendo, por enésima vez, cómo plantearle su marcha. Marta dijo que esto no podía continuar. Julián estuvo de acuerdo. Marta dijo que había que echarlo. Julián dijo que sí. En aquel momento apareció Daniel. Tenía que contarles una cosa. Les preguntó si se acordaban de aquella rubia que había venido varias veces. Marta se puso colorada y dijo que se acordaba perfectamente. Daniel explicó que le había propuesto irse a vivir con ella. Tenía un piso estupendo en el Parque de las Avenidas, estarían los dos solos y, además, le salía bastante más barato. Se marchaba el mes que viene. Esperaba que no les importara.

Se hizo un silencio. Marta contestó que no, hombre. Julián añadió que qué les iba a importar. Daniel dijo que había estado fenomenal con ellos y que eran unos compañeros extraordinarios. Ellos respondieron que él también. Daniel dijo que ya les diría el día exacto y se fue a su habitación. Marta y Julián permanecieron inmóviles. Ella dijo que ya estaba. Él dijo que sí. Ella dijo que menuda mierda. Él dijo que sí.

La historia deja una pregunta incómoda para cualquiera que comparta piso en una ciudad cara: ¿hasta qué punto la economía doméstica puede sostener una convivencia cuando los sentimientos personales se cruzan? El alquiler se paga, la casa está limpia y nadie discute por el turno de la fregona. Pero el compañero perfecto puede ser, al mismo tiempo, el recordatorio diario de lo que uno no tiene. Y cuando se marcha, el piso vuelve a quedarse grande y el alquiler vuelve a quedarse pequeño. La solución económica y la solución emocional rara vez llegan en el mismo contrato.

Datos clave
  • Tres años de convivencia en un piso de Madrid de tres dormitorios quedaron en el aire cuando una compañera anunció su boda.
  • El alquiler de tres habitaciones resultaba demasiado caro para pagarlo entre dos personas.
  • El nuevo inquilino tenía treinta y cinco años, trabajaba en una empresa de informática y pagaba puntualmente.
  • La primera visita femenina apareció un viernes; la segunda, el martes siguiente; después vinieron una pelirroja y otra rubia.
  • El compañero se marchó a un piso en el Parque de las Avenidas porque le salía bastante más barato.
Resumen generado con inteligencia artificial a partir del primer mensaje del tema.

Fudivarri

EL ESTADO ES TU PEOR ENEMIGO.
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El compañero irresistible

Marta y Julián llevaban tres años compartiendo un piso en Madrid y se entendían maravillosamente.

Ella tenía treinta y cuatro años, era atractiva, independiente y llevaba bastante tiempo buscando un hombre que mereciera la pena. Julián tenía treinta y seis, era gai, divertido, bastante presumido y con un talento extraordinario para descubrir los defectos de los hombres que le gustaban.

La tercera compañera, Elena, acababa de anunciarles que se casaba.

—¡Pero qué necesidad tienes de casarte! —protestó Julián.

—¡La misma que tú de acostarte con hombres!

—¡Eso es una necesidad fisiológica, hija mía!

—Pues yo tengo una necesidad matrimonial. Me caso y me voy.

Y se fue.

El problema era que los tres dormitorios resultaban demasiado caros para pagarlos entre dos.

Pusieron un anuncio y comenzaron a recibir candidatos.

Apareció un estudiante que pretendía instalarse con dos gatos, una mujer que exigía silencio absoluto a partir de las nueve y un señor divorciado que quería recibir a sus descendientes todos los fines de semana.

Ninguno les convenció.

Hasta que apareció Daniel.

Tenía treinta y cinco años, era alto, moreno, atlético, con una sonrisa encantadora y una naturalidad que lo hacía todavía más atractivo. Trabajaba en una empresa de informática, tenía ingresos suficientes y parecía una persona perfectamente normal.

Marta lo examinó discretamente. Julián no tan discretamente.

—¿Puedes esperar cinco minutos, Daniel?

—Sí, claro.

Y se fueron a la cocina.

—¿Qué te parece? —preguntó Marta.

—¡Que está muy bien!

—¡Julián! ¡Podrías disimular un poco!

—¡Tú llevas veinte minutos disimulando y se te nota muchísimo más!

Lo aceptaron inmediatamente.

Y resultó ser un compañero estupendo.

Pagaba puntualmente, era limpio, educado, simpático y tenía la virtud de no meterse jamás donde no lo llamaban.

A veces cenaban los tres, se reían y pasaban veladas agradabilísimas.

Habían encontrado al inquilino perfecto.

Sólo tenía un inconveniente.

Le gustaban las mujeres.

Y a las mujeres les gustaba extraordinariamente Daniel.

La primera apareció un viernes. Una rubia altísima, de piernas interminables, que saludó amablemente y desapareció en su habitación.

La segunda llegó el martes siguiente. Morena, guapísima, con unos ojos verdes que Marta todavía recordaba al día siguiente.

Después vino una pelirroja.

Y luego otra rubia.

—Oye, ¿éste qué hace? ¿Las colecciona? —preguntó Marta.

—¡Pues tiene una colección estupenda! —contestó Julián.

—¡Son todas muy atractivas!

—¡Hija, con esos cuerpos yo también lo estaría!

Marta empezó a sentirse cada vez más incómoda. Le gustaba Daniel. Muchísimo. Y cada mujer que entraba por la puerta le recordaba que él podía elegir entre un catálogo de bellezas extraordinarias.

Julián estaba todavía peor.

—¡Es que no hay derecho! —se lamentaba—. ¡Con lo guapo que es y tiene que ser heterosenshetero!

—¡Pues a mí tampoco me hace caso!

—¡Por lo menos tú tienes posibilidades!

—¡Pues no las encuentro por ninguna parte!

Una noche, después de dos copas de vino, Marta tomó una decisión.

Esperó a que el piso quedara en silencio. Se desabrigadó, cruzó el pasillo de puntillas y entró en la habitación de Daniel.

Estaba oscuro.

Él dormía.

Marta levantó cuidadosamente las sábanas y se deslizó a su lado.

Daniel, medio dormido, notó aquel cuerpo caliente, la rodeó con un brazo y la acercó hacia él.

Marta sintió que el corazón le daba un vuelco.

¡Había funcionado!

Pero entonces se abrió la puerta del baño.

Apareció una rubia espectacular, completamente desabrigada.

Contempló la cama, vio a Marta abrazada a Daniel y sonrió. Debió de pensar que su amante había organizado una sorpresa.

Sin decir una palabra, levantó las sábanas y se metió por el otro lado.

Daniel abrió los ojos.

Tenía una mujer a cada lado.

—¿Marta?

Ella acababa de comprender la magnitud del desastre.

No había ido allí para participar en un trío. Había ido para conquistar al hombre del que estaba enamorada.

Se incorporó de golpe, salió de la cama y huyó hacia su habitación, desabrigada y con una vergüenza que no le cabía en el cuerpo.

La rubia la vio desaparecer.

—¿Se ha enfadado?

Daniel seguía sin entender nada.

—¡Pero si es mi compañera de piso!

A la mañana siguiente, Marta se lo contó a Julián.

Éste se echó a reír de tal manera que tuvo que sentarse.

—¡No te rías, por favor!

—¡Pero, Marta! ¡Te metes desabrigada en su cama y resulta que ya estaba ocupada!

—¡No sabía que había otra mujer!

—¡Pues haber mirado debajo de la cama, por si había más!

—¡Déjalo ya!

Cuando apareció Daniel, se comportó con total normalidad. No mencionó el asunto.

Julián tardó diez minutos en recuperar la compostura.

Pero su propia desgracia estaba por llegar.

Había conocido a un chico encantador en un bar. Se llamaba Roberto, era guapo, simpático y parecía interesadísimo por él.

Lo invitó a cenar a casa.

Preparó una cena estupenda, abrió una botella de vino y estaba disfrutando de una conversación prometedora cuando apareció Daniel.

—¡Hola! ¿Qué tal?

—Daniel, éste es Roberto.

—Encantado.

Daniel se sentó unos minutos con ellos.

Y Roberto dejó de prestar atención a Julián.

Empezó a preguntarle a Daniel por su trabajo, sus aficiones, sus viajes. Se reía de todo cuanto decía y lo miraba con una fascinación que Julián reconoció inmediatamente.

—Oye, Daniel —preguntó Roberto—, ¿tú tienes novia?

—Ahora mismo, no.

—¿Y novio?

—Tampoco.

—¡Porque es heterosenshetero! —intervino Julián.

—Ah...

Roberto pareció decepcionado.

—¿Y nunca has probado?

Julián estuvo a punto de estrellarle la botella de vino en la cabeza.

Al día siguiente, Marta lo encontró desayunando con cara de funeral.

—¿Qué tal la cita?

—¡Una maravilla! ¡Se pasó toda la noche intentando ligar con Daniel!

—¡No me digas!

—¡Y luego me preguntó si creía que tenía alguna posibilidad!

Marta soltó una carcajada.

—¡Pues ahora sabes cómo me siento yo!

Desde entonces, los dos comenzaron a considerar seriamente la posibilidad de echar a Daniel.

Pero ¿cómo?

Era un compañero ejemplar. Pagaba el alquiler, limpiaba, no hacía ruido y siempre tenía una sonrisa para ellos.

—Tenemos que decirle que se vaya —insistía Marta.

—¿Y qué motivo le damos?

—¡Que trae demasiadas mujeres!

—¡Pero si no molestan!

—¡Pues que es demasiado guapo!

—¡Eso no figura en el contrato de arrendamiento!

Y así pasaban las semanas.

Cada vez que Daniel aparecía con otra belleza, los dos se desesperaban.

Pero cuando cenaban juntos, charlaban o se reían de cualquier tontería, eran felices.

Daniel les gustaba demasiado.

Y ése era precisamente el problema.

Una tarde estaban en la cocina discutiendo, por enésima vez, cómo plantearle su marcha.

—Esto no puede continuar —dijo Marta.

—No.

—Hay que echarlo.

—Sí.

En aquel momento apareció Daniel.

—Oye, chicos, tengo que contaros una cosa.

Los dos se quedaron mirándolo.

—¿Os acordáis de aquella rubia que ha venido varias veces?

Marta se puso colorada.

—Sí. Me acuerdo perfectamente.

—Pues me ha propuesto que me vaya a vivir con ella. Tiene un piso estupendo en el Parque de las Avenidas, estaremos los dos solos y, además, me sale bastante más barato. Así que el mes que viene me marcho. Espero que no os importe.

Se hizo un silencio.

—No, hombre... —contestó Marta.

—¡Qué nos va a importar! —añadió Julián.

—Es que he estado fenomenal con vosotros. Sois unos compañeros extraordinarios.

—Y tú también, Daniel.

—Bueno, pues estupendo. Ya os diré el día exacto.

Y se fue a su habitación.

Marta y Julián permanecieron inmóviles.

—Bueno —dijo ella—. Ya está.

—Sí.

—Vaya situación.

—Sí.
 

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