El 'muro' de una actriz de Embrujadas: ¿envejecer o descuidarse?
Hay una foto que circula y que ha vuelto a encender el viejo termómetro del foro: una actriz de la serie
Embrujadas, nacida en 1975, aparece con el pelo suelto y una figura que ya no es la de sus veinte. La reacción es inmediata. «Era la más guapa, las chicas con cara algo alargada me dan morbazo», arranca el mensaje que abre el asunto, antes de soltar el golpe: «Ahora... es del 75, solo tiene 3 años más que Chubby Ayuso, pero menuda diferencia».
El diagnóstico se repite en decenas de respuestas: se la ve «retaca y barrilete», con «más arrugas que un fuelle» y con un porcentaje de follabilidad que, según un cálculo que circula, «sin alcohol en sangre ha bajado al 0%, y con alcohol en sangre al 20%». La comparación con otras mujeres de su quinta —Ana Rosa Quintana, Susana Griso, Sandra Golpe— sirve de munición: si ellas aguantan, ¿por qué esta no?
Qué es exactamente el 'muro' y por qué casi nadie se pone de acuerdo
Aquí empieza el verdadero lío. Para unos, el muro es el envejecimiento normal: cumplir años, engordar un poco y dejar de ser el centro de atención masculina. Para otros, el muro es otra cosa muy distinta: «una tía joven que de pronto, de un año para otro, pega un bajón que le quita de golpe un montón de atractivo». La distinción no es menor, porque cambia por completo el veredicto sobre la foto.
«Con 50 castañas no hay muro, hay envejecimiento normal», sostiene una de las posturas más repetidas. El matiz biológico se impone: a esa edad no hay motivo para andar buscando atención masculina, sobre todo si ya hubo hijos y vida hecha. Otra cosa, conceden, es que se vea que no se cuida. Pero de ahí a hablar de muro hay un trecho.
Frente a eso, la corriente contraria no acepta el matiz. «Un MURO es eso que ha puesto el OP. Es un MURO de libro», zanja un mensaje muy secundado. Y añade la clave que descoloca a los defensores del envejecimiento gradual: «Hay mujeronas de 50 y pico añazos que están tremendas e hipermegafollables». Si existen, el problema no es la edad, es el abandono.
El cuello, el ojo y otras pruebas que no admiten maquillaje
En medio del rifirrafe aparece el análisis técnico. «El cuello no engaña, lo demás se puede tunear. Tanto para edad como en la sexación», advierte un mensaje que se ha ganado su hueco entre los más valorados. La recomendación es clara: mirarlas siempre el cuello y se evitarán apuros. La respuesta no se hace esperar: hoy día se puede tunear todo, incluido el cuello.
La contraargumentación llega con precisión anatómica. «La piel del cuello aunque se estire ya no queda igual que cuando se es joven», se responde. Y se añade la prueba definitiva: «Es como mirar a los ojos a una señora de 60 años muy estirada y compuesta: los ojos no mienten». El cuello y la mirada como último reducto de la verdad biológica, por mucho bisturí que se aplique.
El inventario de cirugías posibles se despliega con ironía: corazón, pulmones, riñones, córneas, un dedo injertado en el muslo, implantes de cara, cambio de color de ojo. «Esperemos que algún atrevido cirujano se atreva en un futuro a estirar la piel del cuello», se ironiza, con una fecha estimada para la hazaña: «calculo que sobre el 2150 empiecen las operaciones estéticas de estiramiento de la piel del cuello».
Los casos que rompen el manual: de los 16 a los 20 y de los 30 a los 40
El fenómeno no es exclusivo de la mediana edad. «Pero yo he visto muros de los 16 a los 20. De teens superfollables a señoras gordas en 4 años», apunta un mensaje que amplía el catálogo. La respuesta matiza el calendario: «Generalmente suele ocurrir un poco más tarde, rondando los treinta, treinta y pocos, y no se trata realmente de engordar, sino de la pérdida súbita de la frescura, la inocencia, esa tersura juvenil, ese brillo en los ojos».
El contraste con otras actrices de la misma generación se convierte en el argumento más repetido. Marisa Tomei, con 60 años, aparece como el contraejemplo perfecto: «no cuenta, es extraterrestre». También se menciona a Alyssa Milano, compañera de reparto, como la que siempre fue la guapa del grupo. «La belleza era Alyssa Milano y sus tetas, difícilmente superables», resume un mensaje muy votado.
La comparación con Àngels Barceló se cuela entre los comentarios más destacados: «Una evolución similar: de estar relativamente buena de joven a ser un sapo gordo y repulsivo de vieja». El juicio es duro, pero ilustra hasta qué punto el asunto se ha convertido en un ajuste de cuentas generacional con el paso del tiempo.
El factor genético y la pregunta incómoda: ¿se cuidó o no se cuidó?
La explicación más repetida no es la edad, sino el abandono. «Esa se ha dejado físicamente, se ha puesto como un barril», sostiene el mensaje inicial. «Hoy en día con 50 años están casi todas las mujeres muy follables, a poco que se cuiden un poco». La ecuación es simple: misma edad, distinto resultado, distinta responsabilidad.
La respuesta no tarda en llegar desde el otro lado. «Ana Rosa Quintana y Griso llevan como 10 cirugías plásticas cada una», se replica. El argumento desmonta la comparación: no es que ellas se cuiden más, es que se han tuneado más. La línea entre cuidado y cirugía se difumina hasta desaparecer.
También hay quien introduce el factor genético para rebajar el dramatismo. «No creo que esté enmurada. Tiene un felpudo decente, 50 años, genes marrónidos y ha engordado un poco. Nada trágico», se lee entre los mensajes más valorados. La conclusión, en ese caso, es que no hay tragedia: hay biología y hay descuido, en proporciones que cada uno calibra a su manera.
Con estos mimbres, el veredicto sigue abierto. La foto no va a cambiar y la actriz tampoco. Lo que cambia es el rasero: el mismo rostro que unos ven como prueba de abandono, otros lo leen como simple calendario. Si el muro es la caída súbita, esta vez no hubo caída, hubo años. Si el muro es dejar de estar follable, entonces sí, el muro existió y nadie avisó.