Una mujer con sobrepeso y su gato obeso: la piscina como plan
La historia tiene miga: una mujer con obesidad decide ponerle remedio al peso de su gato, Peaches, y lo mete en la piscina para que «mueva el culo» y acabe «slimfit». La escena, contada con esa mezcla de desesperación y ocurrencia, ha disparado las reacciones. Mientras unos se preguntan si el gato pidió socorro o ración doble, otros señalan que la dueña debería empezar por su propio sobrepeso.
Hay un detalle que no conviene pasar por alto: el relato se completa con un gimnasio para gatos cuyas empleadas también presentan kilos de más. La anécdota, que da para un guion —de hecho, hay quien la ha comparado con una película de supervivencia en la que el gato acaba emigrando a un lugar llamado Gatolandia—, esconde un patrón conocido: la obesidad en las mascotas suele convivir con hábitos sedentarios de su entorno humano.
El debate deriva rápido hacia el animal. La pregunta de fondo es si nadar es una solución razonable para un felino con sobrepeso. La natación puede ser una terapia de bajo impacto, pero los gatos, salvo excepciones, detestan el agua. Meter a un obeso a la piscina sin supervisión veterinaria tiene más de espectáculo que de tratamiento.
Lo curioso es que, entre meme y meme, el único punto en común es la preocupación por el gato. «Lo importante es que el gato esté bien», resumen unos; «es muy educadito», rematan otros. Nadie menciona que la solución más obvia sería que toda la familia hiciera deporte en seco. Y el meteorito, como siempre, sigue sin llegar.