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El antinatalismo sostiene que traer a alguien a la existencia es un acto que no puede justificarse desde el punto de vista de quien nace, porque nadie consiente ese viaje. Es una corriente filosófica minoritaria pero con siglos de recorrido, y estos días vuelve a colarse en las conversaciones sobre natalidad y malestar.
El antinatalismo sostiene que traer a alguien a la existencia es un acto que no puede justificarse desde el punto de vista de quien nace, porque nadie consiente ese viaje. Es una corriente filosófica minoritaria pero con siglos de recorrido, y estos días vuelve a colarse en las conversaciones sobre natalidad y malestar.
El antinatalismo no es una ocurrencia de barra de bar. Es una posición filosófica que tiene nombres y textos. Arthur Schopenhauer ya escribió en el siglo XIX que la vida es un negocio que no cubre los gastos, y el rumano Emil Cioran llevó esa idea al extremo en obras como *Del inconveniente de haber nacido*, publicada en 1973. La tesis central es sencilla: si nadie puede pedir permiso a quien aún no existe, traerlo al mundo es una decisión que se toma por otro.
El argumento más citado en la tradición contemporánea es el de David Benatar, filósofo sudafricano, en *Better Never to Have Been* (2006). Benatar sostiene que el dolor es seguro y el placer es incierto, de modo que la asimetría entre ambos hace que la no existencia sea preferible. No es una pose: es un silogismo que se discute en facultades de filosofía.
La pieza que más pesa en esta corriente es la del sufrimiento. Quien defiende el antinatalismo no habla de comodidad, habla de dolor. La vida, dicen, incluye enfermedad, pérdida y muerte, y nadie elige pasar por eso. El pesimismo filosófico lleva siglos dándole vueltas a la misma pregunta: si la balanza se inclina hacia el sufrimiento, ¿por qué seguir echando fichas?
Hay una versión más suave, el antinatalismo condicional, que no pide extinguir la especie sino evitar traer hijos en situaciones de pobreza extrema o enfermedad grave. Y una versión más dura, la incondicional, que considera que ningún nacimiento se justifica. La distancia entre ambas es enorme.
El antinatalismo no mueve masas, pero tiene presencia pública. El movimiento VHEMT (Voluntary Human Extinction Movement), fundado en 1991 por Les U. Knight, defiende la extinción voluntaria de la humanidad. En España, el filósofo Fernando Vallejo ha defendido posiciones cercanas en libros como *La puta de Babilonia* (2007). Y en foros y redes el debate reaparece cada vez que se discute la crisis de natalidad: España registró 322.075 nacimientos en 2023, la cifra más baja desde que hay registros, según el INE.
La conversación sobre no tener hijos ya no es solo económica. También es filosófica, y ahí el antinatalismo tiene algo que decir.
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