Nacho, el voluntario alicantino que dice no poder volver de Ucrania
Hay una frase que resume el asunto mejor que cualquier informe: «Yo he venido a luchar, no a suicidarme». La dice Nacho, un alicantino alistado en la Defensa Territorial ucraniana, que según su testimonio lleva tres meses sin cobrar, vive en un camping sin agua potable y come comida caducada, y cuya unidad no le permite romper el contrato para volver a España. No está desaparecido. Está localizado, en condiciones que él mismo describe como paupérrimas, después de que la brigada 241 lo trasladara a esa instalación.
La historia no es un caso aislado y ahí está el interés. El relato que empujó a muchos extranjeros a alistarse —la guerra romántica, la causa limpia, el sueldo prometido— se rompe contra la trinchera: falta de inhibidores de drones, ausencia de escopetas para neutralizarlos, puestos mal preparados y una artillería que castiga cualquier movimiento. El contrato hablaba de
120.000 grivnas al mes, unos 3.000 euros, por combatir en primera línea. En Kurajovo les comunicaron que serían
70.000.
Qué dice el contrato y qué se cobra de verdad
El papel y la práctica no coinciden. Según el propio testimonio recogido, el acuerdo inicial fijaba esa retribución de 120.000 grivnas mensuales para quien combatiera en primera línea, una cifra pensada para atraer reclutas extranjeros con un incentivo difícil de igualar en España. La realidad, en el frente, se queda en 70.000 grivnas, y ni siquiera eso llega con regularidad. Tres meses sin sueldo es el dato que él pone sobre la mesa.
Hay quien sostiene que el problema no es de impago puntual, sino de diseño: se capta con una promesa económica y se retiene con la imposibilidad administrativa de rescindir. La Defensa Territorial ucraniana no le deja romper el contrato, según su versión, a pesar de que él entiende que está en su derecho a renunciar. La disputa, por tanto, no es solo de dinero. Es de salida.
Equipo insuficiente y drones rusos: el relato del frente
La descripción que hace de su unidad es la de un ejército que improvisa. No había equipo de rescate para los heridos. No había medidas antidrón: ni inhibidores ni escopetas para neutralizar los aparatos. Los puestos de trinchera eran escasos y mal preparados, meros agujeros expuestos a la vigilancia y al ataque de los drones rusos. «Era ir a morir, directamente», resume.
Ese es el núcleo del arrepentimiento. No es que descubriera que la guerra mata; es que descubrió que la guerra se hace, en su sector, sin los medios mínimos para no morir. La amenaza constante de la dronería y las bombas con módulos de planeo cayendo a diario dibujan un escenario donde la supervivencia depende menos de la instrucción que de la posición.
El arrepentimiento y la imposibilidad de volver
El caso de Nacho se ha leído como una muestra del engaño al que se somete a quienes llegan con expectativas equivocadas. La imagen que traslada —camping acondicionado, sin agua potable, comida caducada— es la de alguien retenido más por la burocracia que por el combate. Él quiere volver. La unidad no lo autoriza.
En el análisis que circula hay una coincidencia incómoda: muchos de estos voluntarios extranjeros acaban siendo utilizados como carne de cañón, mal pertrechados y con munición insuficiente, en maniobras que se describen como absurdas y suicidas. No es una tesis cómoda para el relato oficial, pero encaja con la queja del propio afectado.
Con estos mimbres, lo previsible es que el goteo de casos similares continúe mientras el conflicto siga abierto y las condiciones de reclutamiento no cambien. Lo que no está escrito es cuántos de esos contratos acabarán resolviéndose por vía administrativa y cuántos por la vía que nadie firma.