Nápoles y Barcelona, comparadas por su degradación en un foro
Nápoles y Barcelona son comparadas en un foro por su degradación urbana, en un debate que arranca con la mezcla de caos y crimen que un participante atribuye a la capital napolitana y que se extiende a Marsella y a Madrid. La discusión mezcla anécdotas, opiniones y algún dato, y acaba siendo un retrato del malestar urbano europeo.
Nápoles: la estación que recibe al visitante
La primera impresión de Nápoles la firma su estación central. La explanada de Piazza Garibaldi, con su placita convertida en aparcamiento y en lo que un participante describe como un cagadero, es la tarjeta de presentación para quien llega en tren o en autobús desde el aeropuerto.
El barrio junto a la estación se describe con un término despectivo y varios relatos coinciden en que la policía recomienda no adentrarse por las calles más cortas hacia el centro. La recomendación, según estos testimonios, es tirar por avenidas grandes e iluminadas.
El tráfico recuerda a la India, y la suciedad también. Un participante que conoce el país asiático asegura que tanta falta de mantenimiento solo la ha visto en algún barrio de Delhi. Otro añade que hay que mirar al suelo para no llevarse un regalo en los zapatos.
Pintoresco es el adjetivo más suave que se le dedica.
Pero no todo es mugre. Varios mensajes defienden la ciudad como escapada de cuatro o cinco días y destacan el contraste brutal entre barrios: del caos de los Quartieri Spagnoli al funicular que sube al Vomero, que un participante compara con pasar del Gótico a Sarrià, pero mucho más bestia.
Hay dinero en la ciudad, aunque los problemas son profundos, según un participante.
La camorra como norma y el timo como deporte
Hay quien sostiene que la presencia de una mafia establecida, la Camorra, impone un orden informal: normas injustas, pero normas al fin y al cabo. La comparación con Barcelona aparece aquí: una ciudad sin grupos mafiosos consolidados donde cualquiera puede ser objetivo de un robo o algo peor.
La ausencia de mafia se lee como ausencia de reglas, no como libertad, según ese participante.
Los timos son otra cosa. Un participante relata que intentarán estafarte hasta en el cambio al comprar un billete de tren, y que montan psicodramas en el autobús cuyo único objetivo es tu cartera. No es cosa de turistas: entre ellos se despluman igual. La explicación que se ofrece es antropológica, casi genética, y suena a boutade más que a tesis.
Curiosamente, el peatón manda. En el sur de
Italia el tráfico se detiene ante quien cruza, por donde cruce, con más seguridad que en un paso de cebra, según un participante. La especulación que circula es que nadie sabe a quién puede atropellar, no sea que tenga primos importantes.
Barcelona: el único sitio donde le abrieron la mochila
Barcelona sale peor parada en varios testimonios. Un participante confiesa que es el único lugar donde ha pillado a alguien abriéndole la mochila, y encima sin finura: lo notó perfectamente.
Salir de noche por las Ramblas o la zona de playa se describe como arriesgado. Otro mensaje señala que la ciudad fue convertida en un lodazal tras años de trabajo intensivo, en referencia a gestiones municipales que no se detallan.
La comparación con Nápoles se vuelve cruel cuando se habla de patrimonio. Un participante recuerda que en Nápoles te vas a Pompeya o Herculano y te reconcilias con la especie humana: el patrimonio de esa zona da, según él, quinientas vueltas al de Barcelona.
Ahí queda eso.
El argumento de que a nadie de la familia le han matado se ridiculiza: no hace falta un apuñalamiento para que una ciudad se degrade. Bastan los vecinos que ponen música a las tres de la mañana, los meados, los borrachos, la gente durmiendo en la calle y no poder ir al parque con los niños.
Marsella, Madrid y el resto del ranking
Marsella entra en la lista y hay quien la coloca por delante de Nápoles y Barcelona. El orden que se propone es Marsella, Nápoles, Barcelona.
Madrid también recibe lo suyo: se menciona un millón y medio de personas que, según un mensaje, convierten en infierno hasta el paraíso. La respuesta no se hace esperar: quien lo dice es de Madrid.
La discusión se envenena cuando alguien pregunta qué lleva a odiar así a Cataluña. La respuesta más caritativa es que se trata de un chaval de catorce años, del Real Madrid y de un pueblo sin mucho que hacer.
El diagnóstico es tan condescendiente como el odio que pretende explicar.
También hay quien recuerda que Nápoles ya era así hace treinta años, y quien sostiene que la delincuencia va a menos: los Quartieri Spagnoli, donde se mataba en los ochenta, son cada vez más hipster, aunque el sistema de la Camorra siga funcionando por debajo. Scampia, el escenario de Gomorra, es ahora más residencial tras el traslado de los vecinos de las Velas.
La pizza como último reducto de civilización
En medio del fango, la pizza napolitana se erige en argumento definitivo. La buena pizza es equilibrio entre ingredientes y masa; llenarla de cosas es una paletada impropia de Italia.
No usan mozzarella de búfala, sino fior di latte de vaca, porque la de búfala suelta agua y arruina la masa. La carta es corta: cuatro o cinco pizzas, algunas sin queso, con ajo, orégano, tomate y poco más.
La apertura de una pizzería Da Michele en Madrid y otra en Badalona se celebra como una oportunidad para comprobar el asunto sin coger un avión. Un participante avisa de que si buscas pizzas cargadas de ingredientes, no vayas: te defraudará.
El único consenso real del hilo es que el Cristo Velato, en la capilla de Sansevero, merece la pena.
Es lo único por lo que no hay que meterle fuego a Nápoles, sentencia un mensaje. El palacio de Caserta, en cambio, se despacha como el más grande del mundo y el más anodino, feo y desolado, con unos jardines monótonos que no justifican los cuarenta kilómetros desde la ciudad.
Con estos mimbres, la predicción es que el trono de estercolero europeo seguirá rotando. Marsella aprieta, Madrid se defiende y Barcelona no termina de soltar el cetro. Nadie espera una limpieza milagrosa.