Interior vetó un protocolo para disparar a motores de narcolanchas: la excusa que indigna
Hace un año, la Secretaría de Estado de Seguridad rechazó un protocolo que permitiría a los agentes disparar contra los motores de las narcolanchas durante las persecuciones. El argumento oficial: «la sociedad no lo entendería». Mientras tanto, las lanchas cargadas de hachís campan a sus anchas por el Estrecho.
Un año de negativa y decenas de toneladas de droga
Según la información publicada por La Razón, el Ministerio del Interior no quiere ni oír hablar de la medida. Los agentes que arriesgan su vida en persecuciones a alta velocidad deben limitarse a maniobras de abordaje o esperar a que el combustible se agote. La opción de inmovilizar la embarcación disparando al bloque motor — una práctica común en otros cuerpos policiales — fue descartada de plano.
La decisión ha provocado un aluvión de críticas. Hay quien señala que la misma sociedad que «no lo entendería» tampoco comprende por qué los narcos operan con total impunidad en zonas como el Campo de Gibraltar. La ironía no falta: se sugiere que el verdadero temor es dañar la mercancía o enfadar a ciertos aliados.
Argumentos a favor y en contra de la medida
Quienes defienden el veto argumentan que disparar al motor puede provocar explosiones descontroladas y poner en riesgo a los agentes o a terceros. Sin embargo, la práctica habitual en otros países con problemas similares demuestra que con munición adecuada y formación se puede neutralizar la embarcación sin víctimas.
Del lado contrario, una corriente creciente sostiene que la prohibición es una muestra más de la falta de voluntad política para enfrentar el narcotráfico. Se menciona incluso que la delincuencia se sienta en el consejo de ministros, parafraseando a Bukele. La pregunta que flota es: ¿a quién protege realmente esta norma?
La polémica no se apaga. Mientras Interior se escuda en la percepción social, los narcos disfrutan de una ventaja operativa que la ley les regala. El debate, al menos, ha vuelto a poner sobre la mesa una realidad incómoda: cuando el Estado no puede o no quiere actuar, la impunidad se convierte en la norma.
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